The monster is coming
Erase una vez una niña que creció entre monstruos...
Recuerdo en mi más tierna
infancia los gritos atascados en la garganta, las pupilas dilatadas del horror,
el pelo pegado al cuello del sudor, los nervios estallando en mi cabeza,
martilleando todo mi ser.
Uno, dos y tres…en las rendijas
de la caña húmeda por la lluvia se hallaban cientos de ojos, grandes ojos,
amarillos, azules, verdes y rojos. Parpadean, hablan, las paredes de la
habitación parecen hacerse cada vez más estrechas. Unas manos se aferran a mis
pequeños brazos, me zarandean, alcanzo a ver el rostro congestionado de mi
abuela y pierdo la consciencia.
Es luna nueva, oscura, no se
asoma si quiera una estrella, las luces están apagadas mientras mi pequeño
cuerpo reposa en la litera, el gran toldo traslucido aísla a los mosquitos
eficazmente. No hay puerta, la manta que cubre su espacio ondea al repicar del
viento, la habitación ahora es de cemento.
Unos, dos y tres…Veo la sombra,
alta, delgada, encarnada en un hombre, el hombre que los ojos en la oscuridad
me habían mencionado años atrás. No hay escapatoria, no hay pérdida de
consciencia, el monstruo se acerca susurrando palabras amables, y no le temo,
porque aun no entiendo: acaba de destrozarme la vida.
Los años han pasado y los
moratones que mi tierna piel ha resguardado han desaparecido, no así las
huellas. Las huellas pesan, aunque aún no se han convertido en cicatrices. La
habitación es más pequeña, aunque sigo durmiendo en literas, las ocupamos dos
ángeles con las alas rotas. La luz que se filtra es ínfima, insignificante, a
modo de presagio, la puerta ahora es de madera.
Uno, dos y tres…el monstruo no la
golpea, le hemos abierto desde mucho antes, descanso confiada, la infancia es
fe, en ella no cabe la desconfianza. El viento golpea el cristal y mi pequeño
corazón se altera, pero mis párpados pesan y prefiero no darle importancia.
Unas manos se aferran a mi cintura, el roce de una gran camiseta acaricia mi
espalda, y sonrío confiada, el monstruo finge caricias maternales y yo,
estúpida, y yo, ingenua, continuo con los parpados cerrados. De repente el peso
de su cuerpo en mis frágiles huesos, el aliento a demonio, las intenciones
desveladas. Grito, forcejeo y huyo; pero no entiendo nada.
La niña frágil queda atrás, a
fuerza de saña y maldiciones. La noche continúa llegando, los espectadores continúan
ignorando, durmiendo plácidamente. Y entonces…cuando soplo la vela que mantiene
encendida la luz, escucho un contundente repiqueteo en la puerta de hierro, la tortura
no cesa
Uno, dos y tres…"hola pequeña, soy
yo, el monstruo otra vez"

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