Cicatrices grabadas en metal y fuego
Las luces oscuras de las cuatro paredes del lavabo son hoscas, hostiles, casi asfixiantes, una nube celeste se vislumbra tras el tragadero de luz. Las campanas de la iglesia suenan en la lejanía, anunciando las nueve de la noche. Que sagaces los monstruos, se desenvuelven de maravilla cuando la oscuridad reina.
Las fuerzas me fallan, flaqueo...aveces pregunto "¿Será que todavía quedan?" me arrastro despacio sobre el peso de mi cuerpo, reptando cual serpiente por las baldosas de marfil. Los recuerdos arden, arden en el corazón, en la piel, en el alma. La luz de mirada se apaga, y ahí estoy nuevamente; en la penumbra, tirada en un rincón.
Con dedos ásperos me acaricio los brazos, a modo de traición, duele tanto, tanto, desde adentro hacia afuera, de afuera hacia dentro. Soy carcasa no alma, no cuerpo, el estigma luce viviente grabado en mi pecho. Una sublime y retorcida idea pasea campante por mi subconsciente; no encuentra barrera. Me he encargado de desarmarlas previamente por ella.
Una melodía de cuna resuena por la estancia, el viento sopla y la montaña tiembla, es hora de reverenciar como cada noche a mis peores temores. Un osos de peluche me observa en la estantería más alta, a su lado los ojos penetrantes de una rata, sus ojos rojos, su mirada sabia, que lee y calla. Las promesas no están hechas para cumplirse.
Las risas que algún existieron poco a poco deciden marcharse, una a una, me dejan vacía, sin nada. Como al principio, debo asumir entonces que la historia está para repetirse. ¿De qué sirven las patadas de ahogado? ¿Cuándo estaré a salvo? La puerta, a modo de respuesta ya se ha cerrado.
Miradas de soslayo se vislumbran cuando las luces se apagan, desaparecen, extintas, miro el techo de madera, tabla a tabla, mi reflejo distorsionado, los ojos en blanco, llenos de recuerdos, pesados recuerdos, enterrados con estaca de metal. Bajo mi mano izquierda yace el puñal, los dedos ásperos pero amorosos toman una resolución; la cadena perpetua.
Traza, traza el puñal escabrosos dibujos que tiñen mi piel, el ardor es insufrible, mi mente se cubre de blanco, de negro y de gris. El fuego abrasa de afuera hacia adentro, las paredes de hielo se derriten, dejando paso al alivio, al placer de una vida ajena, jamás vivida, de unos brazos jamás encontrados, de condenas inexistentes.
Que plácida y dulce es la mentira, las lágrimas no cesan, pero que rayos importa, bajo la puerta del baño, nadie, nadie sospecha....

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