Encarnación: destino, tiempo y amor
El agua desciende lentamente desde las alturas, donde se
encuentra el final de la cascada, es fría, casi hielo. Mil agujas me atraviesan
la piel, la sangre corre, el lago se tiñe de rencor, mis preciados deseos se
funden bajo el fuego abrasador de un invierno perpetuo. Arco en mano, flecha en
lo alto, apunto y no desatino, el enemigo ensartado en el roble de un árbol.
Unos ojos ámbar desconcertados y entonces…solo queda la oscuridad.
El fulgor violeta de cuatro espectros me rodea, sus voces
son tormenta, lejos, en cercanía, asechan, los ojos de mil bestias. ¿Qué más
quiere el destino de mí? Vida, esperanza, sueños…ni tan siquiera la muerte. Las
estrellas satisfechas danzan, su maldición consagrada. Mi rostro de porcelana
no posee ni cicatriz, ni mancha. Las heridas sangran piel adentro.
La nieve cae, los espectros concuerdan, les reprocho en voz
alta, impasibles me atraviesan el pecho, el alma se quiebra en mil pedazos, se
esparcen por el gran universo. Dos grandes y albinas serpientes me alzan en
vuelo, vamos rumbo hacia la eternidad.
Una noche de hiel, el tiempo altera, gira la rueda, el
resplandor incinera la penumbra y entonces, la luz. Unas tersas manos me
abrazan, sus ojos cobres me cantan canciones de cuna. Un extraño brillo brota
de mi pecho, los brazos paternales susurran un nombre cargado de secretos, un carácter
a modo de cicatriz descansa en mi lecho.
Las primaveras pasan, se extinguen, mueren y renace, la
rueda gira, gira sin fin, sin detenerse. La pulcritud de mi mirada expectante observa
desde el ventanon de grandes cristales, los pétalos del cerezo cubren el
paisaje. La sangre de los guerreros enmudece al tacto del suelo, entra la
muerte y el honor no suelen haber caminos cruzados. Ha llegado el momento.
Las grandes enredaderas cubren la maleza, estrangulan todo a
su paso, la cobertura de un inmenso pozo de madera surge en medio del bosque. El
llanto de los dioses guía mi andar infantil, el llanto emerge en silencio. Los
espectros danzan jubilosos en mi pecho, listos para dar batalla y sacrificarme
en vano, una, cien, miles de veces.
El firmamento se torna gris, mientras tanto el sol
desaparece, el mundo queda atrás, cuando decido casi inconscientemente saltar.
Se manifiestan; el principio y el final. Un mar de plata reluce al otro lado
del cristal, la sombra de un gran roble carcome mi luz interior.
La túnica de
fuego de rata ennegrecida, un rostro desafiante, imperante, reproches de pura
traición descansa sobre hosco tronco. Un dolor indescifrable me atraviesa el pecho, una flecha
rompe sus huesos y tendones, duerme, sufre, pero no muere; vive en una
pesadilla perpetua, sin marcha, sin fin, sin posibilidad de dar vuelta atrás.
Grandes serpientes reptan a modo de raíces sobre las piernas aquel humano, de
aquel buen demonio, sisean excitadas. “Rompe, muchacha” “Rompe la maldición.”
La ira difusa, los latidos del estruendoso corazón, puño en
arco, conjurando el destino, enterrando el pasado, olvidando. La memoria difusa
se detiene en el color de sus grandes y ariscos ojos al despertar; me odia, lo
sé, pero ya da igual.
Hasta siempre amigo mío, hasta que nos volvamos a encontrar.

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