Parte 3: Esperanza y epílogo
miércoles 8 de
abril del 2015.
El mar lucía esplendoroso, los rayos de sol
azotaban fuertemente desde el cielo, el salitre se apegaba a nuestra piel,
haciéndola arder. Todos los miembros de aquella improvisada tripulación
teníamos la piel tostada. Habiba se encontraba sentada en mi regazo, estaba
tapándose el rostro con un pañuelo rojo, sus labios estaban partidos. No
habíamos podido beber agua en todo el día, en aquellas condiciones, era un
sacrificio peligroso que debíamos afrontar.
Según el capitán solo nos esperan 24 horas
más en aguas mediterráneas. Una vez divisada tierra firme las instrucciones
eran claras: Correr como si nos fuera la vida en ello, evitar a toda costa que
las autoridades nos identificaran, intentar sobrevivir todo cuanto nos fuera
posible sin ser descubiertos.
Para aquel entonces yo era un alma de 60
años, encerrada bajo llave en el cuerpo de un niño de 15. La miseria, el hambre, la enfermedad y la
guerra, son estigmas que no pueden borrarse, son heridas que siempre permanecen
abiertas.
Por vehemencia del cielo, cuando la patera
hubo divisado las claras aguas de Tarragona, ninguna patrulla costera se había
inmutado de nuestra presencia. El sabor a libertad subió por mi garganta,
mientras una súbdita y añorada esperanza comenzaba a florecer en mi pecho.
No obstante, la primera semana fue la más
dura de todas, divague por las calles sin descanso, sobreviviendo de caridad,
sintiéndome sumamente débil y humillado cada simple vez que a alguien se le cruzaba
el fantasma de lastima en la mirada.
Mi vida cambió el día que decidí pasar la
noche en el portal de un bar llamado “El rincón del Ángel”. El frío comenzaba a
calarnos los huesos, mi hermanita comenzaba a temblar, temía constantemente que
una neumonía pudiera llevársela. Rondarían las 23 horas de la noche cuando el
dueño del bar un hombre mayor de más de medio siglo, de expresión amable se
dirigió hacia nosotros. Mi español no era precisamente muy bueno,
cuando me preguntó que de dónde provenía todo lo que me vi capaz de responder
fue “Siria”. Su expresión cambió, pero en su mirada no hubo atisbo de lástima,
tan solo pude apreciar en él una infinita comprensión.
Me colocó una manta gruesa sobre los hombros
y nos ayudó a subir las escaleras, vivía en el octavo piso. Nos ofreció darnos un
baño y nos prestó algo de ropa nueva. Luego nos dirigió al salón en dónde él y
su esposa nos esperaban con dos platos de comida. Mi barbilla comenzó a
temblar, el hombre me abrazó y entonces lloré. Lloré por mis amigos, lloré por
mi familia, lloré por mi país, lloré por la certeza de la muerte, lloré por lo
efímero de la vida. Lloré porque por primera vez a lo largo de aquellos 4 años,
alguien me había tendido una mano amiga.
Epílogo
Sábado 8 de
Noviembre del 2017
Su nombre es Manolo, tiene 55 años, fue una
víctima más de una de tantas guerras. Habiba y yo, somos como sus hijos. Muy de
vez en tanto, cuándo el clima es agradable y el sol comienza a esconderse a las
10 de la noche. Manolo se sienta con nosotros a charlar en el balcón de su
casa, y mientras el viento cálido del verano roza nuestras mejillas nos hace
saber lo afortunado que él es, lo afortunados que nosotros somos por haber
encontrado en este mundo convulso algo similar a una familia.
A pesar de todo, en ocasiones, sin darme
precisamente cuenta, las pesadillas comienzan a acecharme en sueños turbios. Mi
cuerpo se inunda de sudor, mis alaridos despiertan a todo el vecindario. Y es
entonces cuando entre gritos de agonía Manolo me abraza, pronunciando siempre
las mismas cálidas palabras.
“Está bien muchacho, no te avergüences de
sufrir, la guerra, nos arrebata a todo, no importa ideología, nacionalidad, o
posición geográfica. No te avergüences de ti, avergüénzate de este mundo
impasible que a las victimas da la espalda, avergüénzate de los señores de
traje y corbata que priorizan todo menos la vida humana, avergüénzate de todos
aquellos, que sin importar sin son buenos o malos, cada vez se lavan más las
manos”.
Nota 1: La imagen ha sido obtenida de eldiario.es anexo el artículo: http://www.eldiario.es/politica/Guardacostas-turcos-retienen-refugiados-sirios_0_394060779.html
Nota 2: Este cuento tiene un final feliz por que esa fue la consigna, la realidad es mucho más escabrosa y dolorosa. En Siria esta en juego, el rezago de humanidad que nos queda luego de tanta atrocidad.

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