Entre estrellas: sangre, amor y guerra
Aquella noche los presagios son certeros, la constelación de cáncer destella y refulge, casi quema, como nunca. La sangre por las venas hierve, de tan injusto conjuro, me es imposible salir ileso, las estrellas restantes, dispersas, pero alerta. Observarán mi proceder y llegado el momento osaran condenarme.
Vaya ironía, la bestia sagrada se manifiesta cuando la última hoja impetuosa ha caído. Las alas del ave cubren la ciudad, de este a oeste, de norte a sur, sus garras desgarran sin pesar un destino hace milenios conjurado. Cuando la bruma desaparece, tus ojos esmeraldas se asoman tras una amplia ventana de ingenuidad.
Cruel castigo, tu pálida piel se refleja en las llamas que acaban de consagrarte como salvadora, guerrera y reina de los cuatro elementos. La ciega tozudez con la que aceptas princesa, tus arranques de hermana pequeña, la sonrisa esquiva, tu pelo de fuego. ¿Con qué autoridad me designas tal condena?
Tus brazos me rodean, tu aroma a jazmín me persigue en silencio, las estrellas danzan jubilosas en el firmamento, afilan sus espadas para la guerra. Mi pertinente misión se difumina entre reproches de tristeza, sin cordura y rencor. El cuerpo me lo grita, un sendero tan incierto y escabroso como el camino hacia al inframundo nos separa. Los brazos divinos se irguen impasibles, que se preparen no seré yo quién dé mi brazo a torcer ante las leyes del cielo.
Enloquezco noche a noche, perdido entre amor, anhelo y deseo. Los arboles que cubren el frondoso bosque me susurran secretos de ensueños y profecías pasadas. El espejo de la sacerdotisa suprema sangra, el escudo y la espada atraviesan su corazón. Sus ojos ceniza se pierden en el infinito, buscando respuestas que los cielos le han negado.
La travesía es ardua, y pequeña acumulas en tu pecho la fuerza de mil fieras, la tormenta te desgarra la piel pero ni siquiera tiemblas. Las olas te engullen y la vista se nubla, no pienso, solo actúo, en este mundo de sin sabores, perdidas y dolorosas lecciones; sólo te tengo a ti.
Nado a contracorriente, inconsciente aún de cuan acertada es la metáfora, el mar es cruel amo, pero el tiempo es peor. Un rayo me detiene, suspiro tranquilo tu cuerpo sobre la arena yace. Tus mejillas rojas trazan el alivio, se abren paso en mi pecho. Daría mi vida por ti, una, cientos, miles de veces.
El momento llega, la bestia cubre tu cuerpo desnudo, de este a oeste, de norte a sur, en tus parpados guardas la mirada de un dios caprichoso, pero protector. Las líneas rojas te trazan entera, unas grandes alas rojas recorren de manera cautiva el contorno de tus omóplatos. Sobre tu frente descansan constelaciones y descendientes, el principio, el fin, el bien, el mal, alfa y omega.
Tres deseos pides mientras el ave majestuosa se abre paso en ti, la decisiva batalla comienza, serás león o sacrificio, y comprendo de lejos que estoy siendo sometido al peor de los castigos, desafiantes y egoístas mis deseos. La sangre roja se desliza por tus pómulos, los ojos abiertos de par en par. La bestia desiste, tiempos de tregua, tregua y paz.
Los cielos te consagran vencedora, me miras fijamente, tus lágrimas son tan transparentes como el cristal. Tus brazos me rodean, tus suaves labios finalmente levantan la condena, solo para someterme a peores certezas. Gritas en silencio y lo sé, el aire se torna denso, el firmamento nítido, una luz roja te envuelve.
El tiempo es la espada, tu recuerdo el escudo... entonces lo sé, y desapareces...la constelación de cáncer se apaga lenta y levemente.

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