Retrato de mil inviernos


Los escaparates están rotos, la calle grita sumergida en esperanzas incineradas, el olor a café llega pesado y nostálgico, casi tanto como el recuerdo. Las hojas caen revoltosas a mis pies, entonces lo sé, el otoño llegó. Un viejo amigo tocando a la puerta, mis lágrimas se deslizan fieramente. Mi reflejo fragmentado me sonríe burlesco, tantas facturas sin garantías, tantos sentimientos muertos.

El abrigo que me recubre el cuerpo poco hace, ante el dolor y el tiempo. Los niños alegres corren a contra sentido. Una pareja se toma de la mano, cientos de rostros congestionados ríen nerviosamente tras una pantalla de hielo. El mundo está repleto, lleno, a reventar, las caras se multiplican. De repente, mis pálpitos paran, el aire me falta, la paranoia se desliza como una funesta bestia, revelando verdades inciertas; es un mundo carente de tu presencia.

El gran portal de mi grandioso departamento se extiende en las alturas, las llaves resuenan y mis pasos pesan. Bajo el número cuarenta y tres, rezo en silencio, en vano, la locura no se va, peor aún, es incapaz de llegar. Camino hacia la firme condena, subo peldaño a peldaño la escalera de caracol, llena de vacíos que descienden hacia el averno. Esperan mis pasos en falso, mis deslices culpables. Que esperen, no en vano, para todo existe un momento concreto.

La estancia es hosca, el gran ventanon de cristal suena mientras el viento impetuoso golpea, el silencio gime, en el más puro e instintivo destello. La luna se refleja en la gran copa de vino, que risueña espera mis labios, con sabio, con consciente anhelo. Enciendo las lamparas, que tierna y certera es la oscuridad, cuando se vive en una pesadilla perpetua.

El sofá guarda momentos, felices, inmensos y por ello atroces, nefastos, como dardos envenenados. Ni tus ojos ámbar, ni tus cabellos de plata, en mis lagunas azabaches solo quedan rezagos de estrellas fugaces. Que se pierden, que están dispersos, solos, tan solos como yo en el mundo.

Un nudo soslaya mi garganta, me degollaría gustosa, los pecados poco importan, el frío es hiriente y los besos saben a hiel. Me desangro, desespero y nunca muero… ¿Cabe tan cruel tortura? ¿Tan cruel condena? No hay tregua ni final. Que ardan por favor, que ardan todos los castillos de cristal.


El maquillaje corre por mi rostro, la muñeca de porcelana rota, maldita y malcarada, un súbito retrato de mil inviernos pasados. El escaparate está roto… mi reflejo fragmentado me sonríe burlesco, tantas facturas sin garantías, tantos sentimientos muertos.

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