Sara




Me llaman Sara, tengo diecinueve años los mismos que tenía cuando me mataron, los recuerdos escabrosos que tan innecesarios son ¿No? ¿Pero que se hace cuando se obtiene la eternidad? El aburrimiento es perpetuo, recordemos recordemos, aquello que desgasta, desangra y preferimos no mirar.

El cielo aquella mañana de abril era gris, las golondrinas volaban, las hojas de los arboles eran rosas, rosas, tenían el color de las promesas sin cumplir. Mi mirada fascinada, recorría lentamente la estancia, tiraba de la mano que me guiaba. Tantas preguntas y todas ellas con respuestas. Mi fino vestido blanco ondeaba al viento mientras bailaba. De repente, una lluvia de miradas, un niña, delicada, quebrantable, en vitrina, con la risa en alto, la ropa mancha de barro; terrible espectáculo. 
La felicidad es efímera y el llanto surge; de poco sirve, el mundo es ciego y necio. Tengo cuatro años.

El sol se ubicaba en lo más alto, la hora punta marcaba en el reloj las doce del medio día, mi traje inmaculado había sido sustituido por una falda gris, a juego, siempre a juego con los zapatitos negros de charol. No había mano guía atravesando el sendero, las hojas relucían verdes, frente a mi una mirada, cálida, amable, de neto depredador: "acércate pequeña" "¿Qué desea señor?" su mano sudorosa empapa mis mejillas tostadas por el sol abrasador. Único testigo, el gran traidor. La mano desciende, la falda se desgarra, el grito no surge. Alguien tira de mí, horrorizado, son las doce y cuarto, el cielo es azul, mi mirada negra, como pozos sin fondo. Tengo nueve años.

El césped se mueve, sobre el caen cientos de hojas naranjas, cobres, marrones. Las campanas de la iglesia suenan. Son las seis menos cuarto, he recorrido gran parte del sendero y perdido unos cuantos anhelos. El salvador horrorizado ha huido esquivo. Tras la sombra de los arboles el monstruo se oculta. Mi cuerpo se ha estrechado, un gran traje enterizo recubre cada vestigio. Las miradas no cesan, parlotean, parlotean: "Que bella" "Te daría la luna y las estrellas", ignoro y se enfurecen. "Maldita zorra" "Eres una perra" "Puta" "ni que estuviera tan buena". Los rostros amables se desfiguran, de los labios se retuercen lombrices negras. Tengo catorce años.

La noche cubre mis pasos, las hojas no caen, las ramas de los árboles se retuercen en sintonía, pero en soledad. La nieve corta, mis labios sangran, la piel es áspera, como la esperanza. El sendero está desierto, el monstruo está cerca. Siento su aliento en la nuca, la luz está tan cerca, al cruzar el puente, la salvación certera; el hogar, por lo menos hasta que el monstruo habite en ella. La carcajada estalla, la adrenalina sube, las magulladuras persisten, las palabras resuenan. Me muerdo los labios, primero acelero, corro, las huellas en la nieve se tiñen de carmín. El tren pasa, mis gritos se silencian, bajo el puente todo es horror. Frente a mi una mirada, cálida, amable, de neto depredador: "acércate pequeña", que ingenua, el monstruo habita en todas partes, se encarna, en quien y como le place. 

La luz esta a pocos metros, el rostro de mi madre luce desfigurado, mi cuerpo es carne, irreconocible, destrozada, ojos en blanco, el horror perpetuo. Quienes escucharon, vieron, y no acudieron lloran entristecidos. Tras sus sollozos fingidos, el monstruo, el monstruo nuevamente, triunfador y burlesco. Tengo diecinueve años.

Tantas muchachas han seguido cruzando el puente, tantos monstruos continúan bajo la sombra de los árboles. Más allá de lamentos y sollozos, el monstruo habita en todos, tengo la certeza, mi muerte ha sido en vano.




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