Soledad y su efímera visita



El humo se extingue, el cigarrillo acaba, las colillas caen, pero la amargura persiste. Tras las ventanas se vislumbra una noche sin luna. A mi lado, carcajadas, una bella botella de ron, tan bella como letal. La soledad pasa, se sienta a mi lado, como un ángel caprichoso, cuenta secretos, anhelos, decepciones y amores. Que vieja, gran y grata amiga. Volvemos siempre al camino inicial, no parece haber final.

Tus huellas me recorren, me queman la piel, peldaño a peldaño, tus besos, tus manos y tu infinito desprecio. De amor nadie se mata, claro que no, pero sí se muere. La cajetilla vacía y el alma en plena batalla y tormenta. Que largo el olvido, que cruel el destino. Tus ojos de lava me dicen adiós y ante lo inevitable, descarto todo intento y razón.

Un piano entona en la lejanía “Para Elisa”, muerdo mis labios, los desuello, lento y tortuoso. Porto en la mano libre un clavel, que poco entiende de poesías y odas. Sus espinas se encarnan lentamente en mi piel, sus raíces bailan graciosas, hasta el amanecer. Los parpados pesan y del sueño, una y mil veces me dejo vencer.

El pecho es una jaula, los gorriones han olvidado volar, sus alas se pudren, no pueden cantar. La sombra se extiende desde el infinito hacia el mar. Una roca reluce y en ella un altar. Tus caricias tu andar, que se queden atrás. La marcha ya inicia y no puedo parar. ¿Ideas, ideas mías o simple y certera realidad? Que más da, sé que estoy loca, loca de atar.

Hacia la colina los pasos me guían, la multitud sin rostro me silba, el camino no pierdo, el vuelo es alto, el vuelo del ave rapaz. Una rosa roja en cada par de manos, en medio mi triste y decaído clavel. Es curioso, la vida y la muerte, todo, cabe dentro de un papel.

Las estrellas caen una a una, sin fin, como despedida anunciada vienen a mí, aunque el dolor desgarra, marca y me acaba, que nadie niegue, las perdidas, cuando son electas, también guardan algo de magia. A secretos y a toda voz, la procesión llega a su fin, en lo alto en la cima, el altar pierde luz. Como todo en la vida, apariencias, apariencias…y luego la solitud.

La noche perpetua llega a su fin, los parpados se despliegan, el humo se dispersa, la luna en lo alto, como si nunca hubiera de partir. La botella vacía, los pétalos del clavel, esparcidos por doquier. El frio continua, las verdades son crueles, pero han dejado de doler.
Una fresca rosa roja y una nota a mis pies, soledad marchita y voluble. Rezan las letras:


“Nos volveremos a ver”

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