Aira: la batalla entre la bestia y el dragón
La mirada pérdida, ojos claros pero profundamente hoscos, ariscos, sonrisa curva y enigmática.
Pómulos surcados por lágrimas nunca derramadas, labios fieros e hirientes, tanto como el dolor que la devora por dentro.
El pelo largo y sin fin abraza su cintura, su cuerpo se pierde, existe el principio pero nunca el fin, brusca y malcarada. Ella en esencia, espectro y pantera, cara o cruz, inicio o final, blanco o negro, sin término, sin punto medio.
Lleva el miedo inscrito en cada parte del cuerpo, en cada retazo de su ser, las pesadillas impresas en el alma, el corazón agujereado, un hondo vacío en el pecho. El significante perfecto: está rota y se niega a recoger todas las piezas.
Ni superhéroe, ni redentor, ni mesías particular, ni salvador, la muchacha camina sola y no necesita que le aplanen el camino, poco importan los cristales rotos y si llega a desangrarse. Es un camino arduo, pero electo. Que se aparten, o cuanto menos, que no entorpezcan.
Las estrellas surgen siempre en su firmamento, aunque la oscuridad persiste, desde la lejanía aquella nube negra que siempre le besa los pasos es mi mayor preocupación. Aveces llueve, torrencialmente, pero se niega parar. Ríe, ríe y baila bajo la tormenta, aunque este muerta, muerta de miedo y de mucho más.
No acepta que la cargue en mi espalda, ni que le aligere los pasos, me deja ser fiel espectador, frena y permite, pero no cede nunca se rinde. Tiene tanto miedo a amar plenamente como a vivir, sus principios son irrenunciables, mi compañía ante tamaño propósito, es completamente descartable.
Un fiero dragón le atraviesa el abdomen, calla pero a gritos, expresa, habla y conjura. Es una bruja de mirada blanca. De pies sangrantes, sí, pero ligeros, de plomo. Besa, ama, odia y desea. Sus ojos de bruja queman.
El castillo se vislumbra y la bestia oculta tras los ventanales la espera, del pecho surge una filosa y larga espada. El dragón en su vientre se retuerce, se desprende, arrancándole la piel, sus filosas escamas se tiñen de carmín.
Su mirada no expresa dolor, me mira de soslayo, la tormenta ha cesado pero el sol luce oculto, su mirada guarda fuego, la bestia sobre la que monta alza el vuelo. La muchacha vuelve la vista hacia mi, esta vez de frente, sus palabras me llegan en susurros..
"Adiós"

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