La muerte y la serpiente
El tiempo pasa, evoluciona, se
atranca, estanca y maldice. Las sombras de las colinas reflejadas en la laguna
de mis pensamientos así lo revelan. No hay principio ni final que valga, y la
oscuridad se hace presente, como un monstruo amigable y chiquitito, sus
intenciones son claras, aunque no sean puras. Eso es algo que suelo agradecer;
la oscuridad nos permite mostrarnos tal cual somos, sin pudores ni recelos, en
la oscuridad no hay fantasma que nos venza. Quizás le debemos a ello el miedo
perpetuo ¿No verdad? No todos estamos dispuestos a enfrentarnos a quienes somos
en realidad, tampoco tenemos porqué. La cobardía afortunadamente es un bien
abundante en este mundo de farsas, mentiras y sombras.
En el respaldo de la cama una
serpiente roja se encuentra enroscada, sus ojos de miel me miran comprensivos y
yo solo asiento. Una lampara mantiene la esperanza encendida, estoy sentada
envuelta en sábanas blancas, el cuchillo en la mano y el corazón atravesado. La
culebra no susurra mentiras y por ello la acaricio. “Vas morir” sisea amablemente, en su voz no hay morbo. “Lo sé” respondo en cuestión de segundos.
La culebrita trepa y trepa por mi
brazo derecho, con culpa y pesar. Las arterias y venas arden bajo la piel, que
se torna roja y luego púrpura, morada. El cosquilleo de la muerte anunciada me
recorre el cuerpo de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza. La
serpiente gana terreno y se desliza entre mis senos. Busca con afán el
izquierdo, donde late lo que queda del corazón.Y veo sus colmillos de marfil
enterrarse en el alma, duele debo admitirlo, duele como agujas clavándose, pero
es leve, al menos bastante más leve que la vida. El placer y el arrepentimiento
se abren paso en mi mente a velocidades iguales. “No importa, soñaré con el firmamento, aunque por ahora solo sienta las
llamas del infierno”.
La lucecita de la lampara se
extingue, como un gemido de placer en la cúspide de lo eterno. El cuchillo cae
tintineando al suelo. La sangre desborda del pecho, las sábanas se tiñen de
rojo y de repente pasa… el reloj anuncia las cuatro de la madrugada y el tiempo
para.
De aquí en adelante, todo es
oscuridad.

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