La parca en traje de caballero


La luz celeste cubre el firmamento, un resplandor hiriente me atraviesa el pecho, infame destino, me arrebata preciados momentos, los más puros sentimientos, todo rezago de bondad en mi ser. Queridos amigos, odiados y preciados amores, aquellos besos sinceros bajo la puesta de sol. Los ojos caprichosos de la serpiente observan el espectáculo capciosos.

La niebla desciende sobre mi cuerpo, mis piernas sobresalen del largo vestido de algodón, una hilera roja desciende de ellas hasta enraizarse en el hosco suelo. El árbol crece, se alimenta de ánimas humanas, las oscuras luciérnagas tallan las fauces del monstruo en su tronco. Unas manos se aventurar a tirar de mi ensangrentado envase.

Las voces llegan confusas, mi cuerpo danza al vaivén del caballo, al vaivén del viento. La armadura de un caballero reluce al sol, sonrío en la vigila, sé mejor que nadie, que es la parca disfrazada de salvador. Sus robustos brazos conducen las riendas del animal, también las de mi pesadilla personal. Un pendiente azul reluce en su lóbulo derecho, su sonrisa se tuerce, sus cabellos rubios descienden a medidas, aprisionados fieramente por el yelmo, sus ojos de zafiro ...y entonces la perdición.

El palacio huele a canela, un incienso descansa sobre el marco de mi ventana, dos grandes cicatrices se alojan en mis muñecas, hasta las palmas, hasta el pecho, las costillas y el corazón. Las palabras amables me saben a pura hiel, el príncipe de hierro acaricia mis cabellos mientras en silencio, sin palabras me narra sus anhelos de convertirse en dios.

Bajo el manto, no hay estrellas, la luna celosa me maldice, sé que pagaré alto precio por mi osadía. Las constelaciones me rodean encarnadas, pasión, fuego, sangre, olvido y dolor. ¿Es que acaso hay más opciones? El reflejo en el cristal me mira incrédulo. ¿Dónde esta la buena niña? ¿Donde te escondes muñequita?, que ingenuo, allí se halla, tirada con una daga en el pecho, desangrándose bajo el manantial de la traición.

Risas ajenas llegan a mí, dulces susurros de un tiempo perdido, las palabras rebuscadas de la muchacha, los ojos esquivos de quién quise, pero nunca, nunca pudo ser amor. El chirriar de las cadenas del columpio resuena, la mano se deshace de mi agarre y me suelta. El abismo, siempre, siempre se recuerda aquello que no sucede. 

Las campanadas suenan, los reyes están listos para la guerra, cubren mi cara con polvo gris, una gran perla azul descansa sobre mi pecho, hundiéndose lento, aniquilando todo a su paso, pulverizando los huesos, cruel y lento lento, como el transcurrir del tiempo, que parece, en estas cuatro paredes, ser eterno.

El ruido de una trompeta estalla, la noción es de todo, menos duradera, el caballero de la brillante armadura se aqueja. La función que lleva preparando, de la cual soy principal interprete, acaba de comenzar. Alza la espada en contra de su cancerbero particular, el emperador. Prende fuego a las finas telas de seda.

Los niños mueren, las madres lloran, el humo se eleva, el hombre fiero se adentra en el bosque; el lobo somos todos. 

Pedazo a pedazo el mundo conocido se desmorona, las piezas del puzzle caen hacia la eternidad. El caballero me mira de frente, desenvaina su espada, le acabo de conceder su único y verdadero deseo. El tiempo es efímero, su vida humana se desvanece en un aliento, frente a mis ojos...

Me ha dejado la peor parte, ver morir a quien amo y nunca amo.

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