Ana y mía; llegada, guerra y batalla


Sobre el repostero de cristal que se encuentra en la mesita de noche están encapsulados todos mis anhelos. La habitación es fría, distante, la nieve cae tras el balcón, las nítidas cortinas blancas ondean al viento. En la garganta, sangre, reproche y dolor.

Mis manos tantean mi vientre, rozando y definiendo los finos huesos tras la escasa frontera de pálida piel, el reflejo sin embargo grita enfurecido lo contrario. La imagen se distorsiona, la parca acaricia mis hombros, susurrando preciosas palabras que consuelan.

La bilis se retuerce como un dragón, me recorre todo el cuerpo, las fauces se abren y se cierran. Una coronita de delicada princesa luce rota en el suelo de cristal. Las expectativas son tan engañosas como los "te quiero". Las lagrimas corretean gustosas, inundando mis secas pupilas. Que eterno es el dolor y que efímera la vida.

El largo y fuerte cabello se cae a tiras, uno a uno, la membrana de pálida piel se torna ceniza, la campana en la garganta anuncia la llegada de las seis de la tarde. Un atuendo otro más; "insuficiente" "fea" "vaca" "cerdo" "gorda" "maldita gorda" "puta gorda". Las siluetas perfectas en pensamientos se dibujan, la cara me desencajan. Mi cálida mirada se torna odio, infinita repulsión.

Las pesadillas se tornan reales, lento pero certero, acaricio cada parte de mi ser, desespero, intento, inhibo...lo siento, no puedo. Trepo uno a uno los peldaños consciente, las miradas de juicio me observan desde la amueblada sala. Cierro la puerta y tras de mi; queda la esperanza. Dos amigas me esperan sentadas sobre la cama. "Al fin" "Gustosa en conocerte muchacha".

Mía y Ana, Ana y Mía, persistente mala compañía. Me abrazan fuertemente, el aire se extingue, enciendo la radio, tan alta, alta como puedo; que no se escuche, que no se sepa, que nadie se entere; me muero por dentro. De dentro hacia afuera. La noche se hace eterna; la batalla apenas comienza.

No hay manos piadosas, tan solo silencios inquietos y culpables, miradas que no entienden, palabras que hieren, puertas que se cierran, castigos que se imponen. Horas sentada frente al plato, en una mesa de seis comensales, todos ellos ausentes. Gritos de impotencia, llanto frenético; "Corre sube las escaleras, llora, llora o muere."

Pasan los días, los espectadores enmudecen, los huesos son piel, y la piel es hueso; ¿Qué se relaciona al cuerpo y a la comida? ¡Ja! Ingenuos y cómplices los que pueden ver la punta del iceberg, aveces ni tan siquiera eso. Los dientes flaquean, tiritando inquietos en las encías sangrantes, el sabor a hiel se extiendo labios hacia dentro, por todo mi ser.

El repostero de cristal luce empañado y triste, lentamente, día a día, se queda vacío. Vomito palabras, recuerdos, heridas de sangre y sudor. La campana en la garganta arde, alerta, resuenan las seis de la tarde, ocho meses después, anuncian la tormenta.

El trueno, el rayo cegador, una daga atraviesa mi pecho de dos en dos, el aire  se escapa risueño por la comisura de las arterias, el corazón ennegrecido no emite ningún latido, no hay dioses compasivos. Bajo la luz de luna, el espejo me devuelve el reflejo de un tiempo perdido y sonrío. He perdido la batalla amadas y odiadas amigas; ahora empieza la guerra.

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