Parte 1: Cae fuego del cielo
Siria, martes
8 de mayo del 2012.
Aquella mañana todo parecía perfecto, el
nítido cielo azul se mostraba pulcro, amplio y pleno, la primavera estaba
tocando a nuestra puerta, cientos de mariposas revoloteaban contentas
regocijándose en su efímera vida. Las
plantas comenzaban a florecer, y aquel hermoso campo de claveles rojos que
tanto atraía la mirada de mi hermana pequeña, ya comenzaba a mostrar los primeros
brotes. El presagio era netamente positivo, mi alma inocente de niño así lo
creía, no obstante, nada engaña más que las apariencias.
Recuerdo que aquel martes de primavera mis
compañeros de curso y yo, nos encontrábamos aprendiendo la tabla de multiplicar
del 9, aquella tabla que se asemeja más a un método de tortura lento y
cruel. Todos estábamos mirando fijamente
al papel en blanco que teníamos sobre el pupitre, recuerdo que estaba
utilizando todos los dedos de mis manos para tratar de acertar alguna que otra
respuesta. Me hallaba ensimismado en mi tarea, fue entonces cuando un gran
estruendo resonó por toda la escuela. Se asemejaba al rugido de un furioso
monstruo, segundos después del impacto todo fue una nube de ceniza, llantos,
gritos y desesperación.
Una bomba había impactado en el ala norte de
la escuela, hombres enmascarados vestidos de negro, entraban sin que nadie
pudiera detenerlos, conocía perfectamente su misión, mi madre temerosa me lo
había advertido infinidad de veces. Las tropas de negro estaban reclutando
niños, sin importar edad o apariencia, para convertirlos en armas de guerra.
Nuestra joven maestra se mostraba sumamente alterada, nos obligó a ponernos en
fila y nos dirigió rápidamente hacía la salida de emergencia. Nadie objeto
nada, nuestro silencio era sepulcral.
Aquel día comencé a creer en los milagros y
también en las maldiciones. Aquel martes los mercenarios no nos reclutaron, no obstante,
cuándo conseguimos alejarnos lo suficiente pude observar como aquel lugar lleno
de buenos recuerdos y amigos se consumía. Las llamas parecían llegar hasta el
cielo, llovió ceniza hasta el siguiente día, interprete entonces que esa quizás
era la forma que tenía Dios de decirnos que lo sentía.
Cuando llegue a casa con el rostro cubierto
de ceniza y rasguños mi madre no pronunció palabra. Simplemente corrió hacia
donde yo estaba y me abrazo fuertemente. No derramo lagrima alguna, pero todo
su cuerpo estaba temblando. Luego me confesaría que hasta aquel momento nunca
había experimentado la certeza de perderme.
La noche llegó y miles de estrellas se
estamparon en el firmamento, entonces me invadió la calma una calma tan
profunda y silenciosa que se tornó mortífera. Podía escuchar a mi padre
hablando con mi hermano mayor tras la puerta. Antes de que mis ojos se cerraran
y todo se volviera incertidumbre y oscuridad pude escuchar tenuemente algunas
palabras.
“No habrá guerra, sin recursos, sin apoyo
esos monstruos no podrán avanzar”.
Poco sabía mi padre que los verdaderos
monstruos a veces llevan traje y corbata, poco sabía mi padre que aquella
pesadilla no hacía más que comenzar.

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