Lilith

Lilith contempla la noche estrellada a través
de sus ojitos color verde lima, fascinadas sus pestañas rizadas parpadean, sus
pómulos pronunciados se ensanchan al son al que bailan sus hoyuelos profundos, dándole
su rostro ovalado el semblante de una muñeca de trapo.
Por su metro sesenta y tres trepan las consignas
de despedida de su padre que partió poco después del año noventa y seis. Han
pasado diez primaveras, no lo ha vuelto a ver. Existen tantas promesas de vuelta,
incumplidas, como flores chiquitas color cielo se estampan en el lienzo blanco
de su croptop veraniego.
Una lágrima traviesa se escurre por su tez
morena y la muchacha intenta difuminarla restregándose a consciencia la punta
de su nariz respingada; supongo que está harta de atragantarse con palabras nunca
dichas. Esas exclamaciones mudas, en las que subyacen un mal carácter y una
altivez que parecen haberse esfumado en la risa de aquel amigo primero, único y
verdadero, que se despidió-que sorpresa, también-en la noche de un frío enero a
las diez.
Ya no siente la calidez; sus expectativas
entorno al otro son tan ásperas como ese jean color agua que estiliza sus
piernas largas-y que suerte-porque el camino será arduo. Tan arduo como lo
anuncia un diminuto tatuaje que se hace cuna entre sus clavículas pronunciadas.
“Keep Holding On”.
Y es que, aunque parezca que está reseca emocionalmente,
aun cree tantito en la magia. Pero solo en las noches de luna llena. Cuando los
reclamos y chanclazos de su abuela se pierden en el humo de la mina de carbón
que llega desde la ciudad aledaña, cuando se esfuman también las esperanzas del
retorno de una madre ausente.
¡Pobre muchacha! Todavía cree que tanta
desolación cabe desdibujada en su ascendente en piscis y su signo solar en
tierra.
Y rehúye y no suelta prenda sobre su complejo
lienzo astrológico de abandonos, despedidas y sin sabores, mientras su mentón
altivo y sus labios gruesos recitan cautivos
“Cada tirada de mis cartas del tarot, a tan
solo diez”
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