Ysengrimus: cuento de buenas noches

Son las
doce de la noche las gotas azotan levemente mi pelaje caoba y refunfuño en vano
mientras las nubes engullen una bolita de fuego escarlata estampada en el
firmamento. Las margaritas lucen marchitas, excesivas, rebosando los bordes de
los maceteros municipales; han pasado casi mil años y lo efímero continúa
siendo una certeza.
Agudizo los
ojos, tosiendo en silencio; el olor a lavanda es intenso y sofocante. Escucho sus
pasitos de bailarina escurrirse en el pavimento y el susurro de una nana siniestra
hipnotiza mis sentidos. Tiene los labios pintados de desolación, una sonrisa
amable dibujada en su mirada. Su susurro melodioso marca compases que se
plasman con lentitud en los ruedos tejidos de su falda blanca, extiende sus
manos en la lluvia, danza suave y alegre: como muriéndose de dolor.
Escupe una risa franca, de disculpa, sé que ha
notado mi presencia y me contempla.
Me acerco
lento, intento que mi cola luzca graciosa, que dibuje eses en el aire y que mi
nariz de zorro albino luzca tan rosada como las cerezas en cosecha. Sus dedos
detallan finamente un caramelo negro y mentolado. La lluvia es helada, el
caramelo amargo, las yemas de sus dedos son tan suaves.
Arrastra
sus facciones francas a través de las formas toscas de un roble milenario, las
flores amarillas se van entrelazando en su cabello trenzado y el regusto
agridulce comienza a descender por mi tráquea.
La hoz se desprende manchada de
salvia y el chillido remolón brota de un rostro infantil escondido en el centro
de la madera enredada. Sus pupilas azules leen consignas en las cicatrices
milenarias de su hermana. Sus brazos ancianos la arrullan con cuidado y la
pequeña en confianza deja que bailen en su lengua letra por letra los nombres
que se sabe de memoria, que estalle contra sus dientes inocentes y feroces el ineludible
destino de lo miserable.
El tacto
rasposo se pasea insistente por mis patas tupidas; ha dejado de llover, el olor
a lavanda comienza a desaparecer y en un destello de luna, lo alcanzo a ver:
Vida y
parca descienden amables, transitando pie a pie, una avenida de sueños, de
pasado, de ayer.
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