Febrero en prólogo

Todo va a cambiar y me siento tan poco
preparada como siempre, como vivía asumiéndome insuficiente antes de que se me
cayeran los dientes de leche. He transitado el camino de una adolescencia
conflictiva hacia una adultez melancólica. Han sido cuatro largos años de
preposiciones de auxilio, de reproche, de negación, pero, sobre todo, sobre
todo, de anhelo.
Y es
que, aunque aquella tarde de noviembre del 2016 estaba muerta del miedo sentada
frente a unas cartas color escarlata que leían los secretos que resguardaba
bajo las pestañas, hoy suelto una carcajada y me brilla la mirada. Porque ha
sido duro, pero, que demonios, en el fondo creo que sigo siendo un poco yo
misma; malcarada, terca, obstinada y a veces, necia, arrogante. Oh, debo
admitir sin reparos, con poca vergüenza que mis llantos en las baldosas color
gris del baño me lo siguen recordando “no ha sido nada fácil, y querida, el
camino se antoja todavía largo, arduo”. Pero lo entiendo, y puedo arrullar el
sufrimiento que me trepa desde la raíz hasta la razón en mis brazos
cicatrizados, estoy aprendiendo a ser amable.
Y aquí
entre nos, voy a contar algo bajito, bajito “me resulta emocionante”;
Lo he
vuelto a sentir; esa soledad que jugaba a las escondidas conmigo entre los barrotes
de mi balcón, la brisa de verano, el olor a jazmín, su mirada amable, sus manos
cálidas, sus promesas inocentes y las historias raras que se inventaba. Ha
vuelto a abrazarme en el silencio, me ha confesado entre besos honestos que ya
no está enojada. Parece haberme perdonado.
Creo que he redimido el gesto desesperado e
inmaduro de entregarle una flor de luto en la playa de mis dieciséis años.
Es un buen momento para que todo cambie, ya me da igual no estar preparada…
¿Sola?
Ya no, he dejado de estarlo.
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