Paladar

El reloj digital marca las cuatro y veintisiete
de la madrugada, el frío invernal trepa por las rendijas de la ventana. El
ruido del tren de las once se pierde en la lejanía de las vías oxidadas de la
estación de L'Hospitalet. El regusto a vino baila gustoso entre mis papilas, la
tela de algodón parece haberse adherido a la espalda, el tacto raposo de las
sábanas blancas me narra historias sobre lo triste y lo melancólico. El calor trepa
desde mis piernas hasta el ombligo en las palmas de tus manos, arqueada apoyo
mi mentón en tu cuello; tabaco arábico y sal en la boca.
Desnudarse y perderse. Transitar por el
oxímoron de lo que sana y lo que hiere. Gritar cuatro, cinco diez, veces y
armar compases de melodías que ahogan el llanto.
El sabor disfrazado de rutina, desenfreno, de
duda existencial, y en medio de un orgasmo semiestructurado, dejado casi a la
mitad
La capacidad de transformar, hacia el vacío,
hasta lo profundo de lo agridulce cobijado en mi paladar.
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