Rabia
Tengo la mirada prendida en fuego y el corazón
me late estimulado por la rabia; a veces creo que este mundo no me ha dejado
más salidas que el reconocerla como la única emoción válida, verdadera. Debo
reconocer no sin que las palabras se me traben torpes en la lengua, que parece
haberme recorrido el cuerpo, no ha dejado esquina sin rastreo.
Ha endurecido el
color de mi mirada; y... ¿De qué debo tener miedo? También me ha llenado de
desprecio, silencioso, frustrado. Me mantiene recitando en mañanas húmedas el
relato de memoria; mi vida es el escenario donde ha repartido los roles precisos;
mezclándose contradictorios en las certezas agridulces que ofrece en bandeja de
plata el privilegio.
Estoy harta de que mi presencia etérea chasquee
dulce entre discursos ajenos. Resisto y me rebelo porque son las únicas
oportunidades de subsistencia a las que he podido aferrarme en medio de un
naufragio de miseria. Y si me niego, si rehúso, si mi mal carácter me sostiene
viva en un vaivén de maldiciones heredadas es solo porque me niego a dar el
brazo a torcer.
Prefiero morirme a ceder una milésima de mi
libertad quebrada, poco me importa si el orgullo me empeña a cinco centavos, o
si lo efímero e insignificante de mi transitar resume consignas revolucionarias
en un tiro en la nuca. Vivo dispuesta a perderlo todo, porque todo me lo han
arrebatado, incluso el derecho a obtener justicia o reparación.
Pueden
joderse y hundirse en condescendencia tanto como lo deseen, que los perdone
dios-ya que les resulta tan conveniente-yo no pienso hacerlo.
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