Obstinación

Las gotitas
de rocío se pierden escurridizas por mis mejillas, besando suave mis hoyuelos de
porcelana. Se pierden en mis clavículas las promesas ridículas; esas que nadie
pudo cumplir. Las yemas de mis dedos suelen dibujar los caminos que mi cuerpo ha
tejido; rumbo a la desolación, a la ausencia de perdón. Y lo celebro. Porque mis
nanas de infancia han dado paso a discursos coherentes que acribillan relatos,
algunos heredados.
Desde mi
cabello caoba, necio como el firmamento que lo acoge, hasta mi cintura ondulada
y terca. Mis consignas, tejidas en soledad durante once noches, son inamovibles.
Han sido bendecidas en mi obstinación, en el sucedáneo de cordura que prima en
las dinámicas de una razón traviesa, conflictiva.
Y en la
danza frenética e intermitente del dolor entre los pliegues de mi piel, me he
reconocido; y soy tan efímera ahora, como las despedidas que me marcaron. Espero
tan poco; tanto como rechazaron, tan poco como ofrecieron, tan hosco, tan
certero, como la ausencia de garantías y el fracaso.
Se amar
tras las puertas que antes me condenaban al llanto y estoy tan dispuesta a
dejar ir, irme, arrojar, arrojarme; como a respirar.
-Aunque sea
en mi carcasa fría y ajena-
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