María Adelaida



María Adelaida tiene los ojos color canela, en días especialmente calurosos parecen quemar tanto como el mismo sol. Una cabellera castaña le cubre la mitad de la espalda, largas pestañas los adornan, su sonrisa es pulcra pese a que sus mejillas se encuentren cubiertas siempre de lodo y ceniza. Es bella, aunque en aquel barrio de desheredados es más maldición que don natural.

El sol se filtra cada día por la ventana de su casita, mitad ladrillo, mitad caña, el gallo fino del vecino le revienta los tímpanos. Su madre entra afanada, el olor a café de sobre inunda toda la cocina. Se sienta en ella con el uniforme mal acomodado, mientras desmenuza sin ganas un pan tieso. “Apúrese mamita, llega tarde.”  Escucha antes de levantarse de la mesa, rumbo a la puerta con la mochila colgándole del hombro. Pasa frente al altar de “La dolorosa” y se persigna inconscientemente.

Rumbo a la escuela desciende por un callejón polvoso, dos niños pequeños cruzan por su camino con un maletín de betún, son Alberto y Juan David. María Adelaida ha escuchado que su madre hastiada de las palizas que recibía de su marido decidió hacer las maletas y no mirar hacia atrás. La muchacha les sonríe con cierta pena, intentando evadir la mirada enfermiza de su padre al abalanzar sus puños sobre la tierna piel de su madre.

Acelera el paso, enfrentándose a la gran puerta de metal, al llegar al salón se encuentra con sus amigas de toda la vida, aquellas con las que se juega a ser mamá y a las muñecas. María se sienta en su banca, escuchando fascinada las historias de fin de semana que todas ellas le cuentan. Observa como Paola saca un gran fajo de billetes mientras los ojos verdes le relucen. María Adelaida suspira, “Si tan solo pudiera yo también…”. Vuelve a su mente entonces el rostro demacrado de su hermana mayor, consumiéndose en un colchón maloliente de espuma, tenía 17 años cuando el VIH se la llevó un 24 de octubre del 2008, apenas han pasado dos años.

Aquella noche cuando vuelve a casa ve como su madre cose sin cesar en la máquina, el sudor le baña la frente, ella remueve pensativa el plato de arroz con frijoles que tiene enfrente. El menú predilecto de siempre “Pero bueno, al menos esta semana ha habido menú de donde agarrar”. Admite resignada, su madre en cambio coloca el pilo de ropa remendada en una bolsa, preparándose para devolverla y cobrar, como siempre, lo más pronto posible. La muchacha se levanta de la mesa y le arrebata la funda. “No mamita, no más, descanse ya voy yo pues”.

Son las nueve en punto y María Adelaida camina por las oscuras calles del barrio, las luces la acompañan hasta el callejón que queda pie a la loma. La muchacha se remueve inquieta, si el barrio es zona mala, el camino a la loma es una sentencia de muerte hecha calle. “O corre el riesgo o no cobra” se reprende no muy convencida. Cuando logra hacer la entrega y deslizarse por la esquina, el alma le vuelve al cuerpo. Poco sabe de los ojos que la han seguido a tientas en la penumbra, poco sabe que se trata de Martín Javier Pereira, el padre de Alberto y Juan David, poco sabe de sus pupilas dilatadas por el crack.

El grito ahogado se pierde en la noche oscura, los forcejeos mudos dejan un rastro de matorrales destrozados, los ojos blancos de María se pierden en la negrura del firmamento. El dolor acaba de desgarrarle el alma y las ganas de vivir. Las piernas acalambradas y le ropa desecha igual que la vida. El aliento a alcohol se prende en su piel, no logra reconocer al susodicho, pero que más le da, camino a la loma a esas horas. “Pudo ser cualquiera”. El individuo le lanza 15 dólares. “Furcia barata” sentencia entre carcajadas.

Esas palabras la marcan en todo su ser, a fuerzas reacciona, tomando con infinita vergüenza los harapos en los que se ha convertido su vestido. Cuando llega a casa se desmorona en los brazos de su madre. Y parece, parece que el infierno apenas acaba de comenzar, el llamado es en vano, la policía no llega, las fuerzas del Estado les llaman “ciudadanos de tercera”. 

Ni en comisaria, ni en pleno juzgado, María Adelaida es ignorada. El cerdo abusador ríe a diente batido, los jueces cuestionan mientras reciben un sobre bajo la mesa, y lejos, lejos en un palacete urbano el ministro se regocija. En su mesa descansa un rosario, junto a su eslogan de campaña “Actúa, di no al femicidio” “Machismo cero”. Toma la copa de champán mientras una niña de catorce años se revuelve en sus sabanas. Tiene la edad de María Adelaida.
“Menos mal, si Pereira queda preso ¿Quién me trae a las muchachas? A las cucarachas se las mantiene útiles y serviles”

A la entrada del barrio una muchacha con ojos cenizas coloca la mano en la cintura, los autos no se detienen y el día no se antoja rentable. Adelaida sonríe coqueta cuando uno de ellos baja el vidrio de la ventana. Sube al asiento del copiloto en un ensueño, el crack es de libre acceso y ese es todo pedazo de cielo que le resta. Una mano sudorosa trepa por su muslo, los ojos se le llenan de lágrimas piensa en la niña pequeña que la espera en casa, en la leche que no brota de sus senos y antes de que el mundo se nuble por completo una pregunta le acongoja el pecho:

¿Quién rompió la inocencia?

Entonces suspira fuerte mientras los dedos se aferran a su cabello y las embestidas del desconocido aumentan. “Siempre, siempre, se puede elegir” y entonces ríe, casi pérdida en la repugnancia y el vacío, recurrente, como siempre.


“Y entonces… ¿Quién eligió por mí?"
"BASURA”

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