Romeo y Julieta: Una noche sin luna
El joven Romeo corría, dejándose
el aliento por las calles de Verona, buscando entre la gente aquella mirada que
le habría dado la vida en apenas un segundo. Sus ropajes eran oscuros, el traje
de principito lucía pulcro. Tras él, cuatro sirvientas afanadas con el corazón
en el pecho. Los brazos de una de sus nanas lo rodean y lo elevan, la calidez
de su pecho rompe el espejismo. “Joven
Romeo, a las afueras del pueblo no, es territorio de desheredados y a esos no
los quieren ni el infierno.” Triste, anhelando, el muchacho contempla como
el poblado de mineros y gitanos se aleja.
Día tras día al salir del colegio
Romeo se esconde tras los puestos de frutas que hay en el gran mercado, los
ojos de luna, siempre se encuentran cuidando rosas rojas, sonriendo limpiamente
cada vez que recibe monedas a cambio. Las palabras son casi siempre
innecesarias, la muchacha alista siempre la flor de tallo más largo. Sus ojos
susurran palabras, que él es incapaz de comprender.
Julieta siempre guarda un amargo
presagio en su pecho, cuando entrega la rosa se muerde los labios que le
queman. “Los sueños tienen alto precio”. Al
caer el sol, coloca el manto de colores sobre sus hombros, mientras las monedas
tintinean y sus pasos se pierden en la niebla, la niña intenta olvidar la
presencia del joven, que se le adhiere a la piel como condena.
En el balcón de su amurallada mansión,
el joven Romeo desoja pétalo a pétalo las ansias de cruzar una palabra, de
compartir una mirada, desea como un loco en su infinita inocencia partir en su
búsqueda rompiendo esas barreras que asfixian, separan y frenan. Pequeño Romeo,
tu ingenuidad no te protegerá eternamente y aunque tu joven corazón no lo
entiende, nada, nada dura para siempre.
“Catorce inviernos no pasan en vano ¿Verdad?” Se pregunta Julieta
mientras observa la tierra infértil y seca, sus rosas rojas han dejado de
florecer, el presagio le colma el alma de júbilo. Y es que la muerte ha decidido
hacerle una visita anunciada. La pequeña Julieta ahora es sombra de una altiva
mujer, sus ojos se han tornado oscuros. Es hora de mostrar de que está echa una
noche sin luna.
Romeo alista sus pétalos, frescos
y disecados en un tarrito de cristal, ensaya frente al espejo las únicas
palabras que ha sido en catorce años incapaz de pronunciar. Oye toques
insistentes en la puerta y oculta el tarrito el cajón de la mesita de noche.
Intrépido Romeo, cuando el sol cae salta los muros de la infranqueable mansión.
Corría, dejándose el aliento por
las calles de Verona, buscando entre la gente aquella mirada que le habría dado
la vida en apenas un segundo. El mercado vacío, la muchacha en el centro de la
plaza danzando al viento, sus mejillas tiznadas. Ingenuo Romeo, eso que ves reflejado
en su mirada no es amor ni armonía, son los ojos de la parca. La joven para, el
tarrito de cristal roza sus manos mientras los labios que queman logran
saciarse.
Están en medio de la plaza cuando
el crepúsculo se marcha, las luciérnagas inquietas y curiosas iluminan la
estancia. Romeo rinde reverencia a todos sus temores, se despide de ellos
mientras grita “Te amo Julieta”. Ajeno,
ajeno al mundo se pierde y no contempla, la ciudad afuera arde, arde hasta sus
cimientos. Inician el baile al compás de los hórridos gritos que provienen de
afuera; grandes mansiones, ilustres señores, arden hasta las motas de polvo.
La plácida música se detiene para
Romeo, reproches infundados le arden en la garganta, el cuerpo de la joven
Julieta tiembla y se desmaya, sus ojos de luna se han vuelto negros, pupilas
abiertas de par en par hacia el cielo. El pecho no tiembla, no respira, la
muchacha de sonrisa franca ha muerto.
Las llamas consumen Verona,
ciudad pérdida, caída en desgracia, Romeo en el centro de la plaza contempla
horrorizado el infierno desatado. Cuando el amanecer llega, los ilustres
espectros caminan por un sendero desconocido que se pierde en las hoscas
montañas de donde no hay retorno. El primer rayo de sol revela; el poblado
minero continua intacto, el alma de Julieta le sonríe arrepentida y nostálgica tras
una nube de polvo.
Verona ha conocido una noche sin
luna; Romeo la pérdida y Julieta la muerte

Comentarios
Publicar un comentario