Frente al espejo



El aire es denso, casi líquido, el sudor me empaña, pegándose a mi cuerpo, en medio del sueño grito, despierto y me desvelo. Acudo casi a tientas, ciega, lentamente hacia la puerta del cuarto de invitados. Una habitación vacía y llena de polvo, donde nunca hay nadie, donde las mentiras entran, despreocupadas y sueltas.

En medio de la estancia se encuentra un gran espejo, de guayacán y cristal. Flores amarillas bailan traviesas guiadas por el compás del viento, sin luz, una tímida niñita se asoma. Sostiene un gran oso de peluche entre sus brazos, lo sujeta como si la vida que no posee ni poseerá dependiera de ello. Tiene inscritas palabras de recelo, leves moretones en su perfilado rostro.

Me toma de la mano, en silencio, nos sentamos frente al espejo, observa escabrosamente nuestro reflejo en el cristal. Un hondo suspiro le brota del pecho, me mira con ojos de juez, su cabello blanco como la nieve cae entre sus hombros. "¿Cuántas traiciones más tendrás que cometer?" Pregunta sin preámbulos ni tapujos, que grata nostalgia, la niñez otorga esa sencillez.

Bajo su barbilla posee una marca de nacimiento, innecesaria e inoportuna, vestigio de mil lunas. Arde tanto en mi cuello, se expande por todo mi ser. Mi cuerpo cae inerte sobre el suelo de tierra, mil pétalos volátiles lo rodean. Una mariposa traviesa se posa en mi regazo. La niña se tumba a mi lado, aunque no puedo moverme, noto su tacto en mi mano.

Pequeña pero inquebrantable, que poco guardamos en común, que tan atrás la he dejado, cuanto desearía que nunca más volviera a aparecer frente a mí, cuanto no desearía el cese de todos sus reproches, pero cuanto daría, cuanto más daría por traerla de vuelta; por tenerla siempre junto a mí.

La visión transcurre, un columpio, una nana, un té de leche con miel, unas suaves manos acarician mi piel, me arrullan. Vamos de la mano, niña y mujer, nos paramos a comprar frente a un puesto de helados. Sus palabras, elocuentes palabras tienen la respuesta a todas las preguntas del mundo. Los árboles se abren paso a nuestra llegada, una estrella fugaz cae, que poco importan los deseos, cuando la suerte está conjurada.

Bendita la gracia, me toma en sus brazos, mientras me detalla las constelaciones, así seguimos, caminando hacia la derecha. Una mota de polvo danza cruel entre mis pestañas rizadas, comprensiva toma un pañito y la saca. Llegamos a la esquina, dónde un gran olivo de mirada vieja nos observa. Me sienta en medio de la plazoleta y se dirige al puesto de rosas que se encuentra al cruzar el paso de cebra. Se despide de mí con la mano en alto, no comprendo, un fuerte pitido se encarga de desvelarme el secreto.

El semáforo en verde, todas las señales borradas, las profecías son tan inevitables como claras, tras el paso de un irrefrenable auto, la mujer amorosa y comprensiva desaparece. Un abismo divide la calle, no puede acercarme, no hay despedida, consuelo ni luto. La vida se me desgarra...y entonces comprendo....

Los parpados ceden, la oscuridad de la habitación a menguado, la luz del amanecer se cuela por las rendijas de las cortinas. Miro a mi alrededor, no hay nadie y el frío me hiela "¿Has desaparecido pequeña?" El reflejo me dirige una impactante respuesta:

Frente a mí, niña de ojos rasgados, temerosa, llena de reproches y sombras, soy yo, siempre he sido yo, tan solo yo.

La segunda estrella a la derecha y recto, recto hacia el amanecer.

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