Pesadilla en alta mar




La sal se siente, en cada poro, rincón del cuerpo, parte de mi piel. El sol arde y mis ojos le cuentan escabrosos secretos. El calla, meditabundo, con la mirada fija en mi rostro desconocido. Conoce la función, pero no el teatro ni los actores. El día es brillo, alegría, pero en el fondo, en el rincón más escondido del corazón, reina la oscuridad.

La arena es movediza, cede bajo mis pasos, el mar reclama mi cintura y desciendo, hacia el frío, hacia el metal que centella, al golpe de las mil balas desgarrando mi piel. Las serpientes se escurren con cuidado de rozarme, no se sabe, quien es presa, quien es fiera, quien caza, quien muere, es un mundo ajeno, cruel, pero no humano.

Una cadena de rocas se eleva casi hasta el firmamento, rozando el cielo, las olas chocan violentamente, realizan reclamos tan injustificados y estúpidos, casi tanto como los míos. Seguimos narrando secretos muertos, hemos lanzado la llave del ático del subconsciente, lejos, sin mirar. Las puertas están abiertas de par en par.

Una tormenta ruge ajena, tan ajena como furiosa, ¿Quién osa subestimarla? ¿Quién se atreve a creer que los desafíos no tienen precio? El mar obedece impetuoso, pero voluble, compasivo y esquivo. El remolino surge y engulle, es negro, casi tanto como los recuerdos, hacia el se desliza el fin, y sonrío en calma, con noción, que dulces son los desenlaces conjurados.

La piel se desliza, la sal escuece, hay tantas heridas escondidas, con nombre, con lugar y fecha, todas, todas ellas. Las escamas rompen la membrana y no queda duda, del certero dolor, en incontenible impotencia grito, el horizonte se bifurca, las serpientes se enroscan pierna a pierna. Tiran de mí fuerte pero a conciencia. 

La niebla es gris, la mente es blanca, el resplandor de un sol comprensivo es ajeno, el mar reclama mi ser entero, la tormenta observa complacida, mi larga cabellera ondea al compás de las violentas olas, la corriente me arrastra, las balas brotan, el frío destella, rumbo hacia el ojo del huracán marino, un rayo refulge, pero no hay monstruos.  

Ante lo inminente...sonrío en calma, con noción, que dulces son los desenlaces conjurados. Que nunca llegue el principio, los pasos certeros, los caminos electos, siempre siempre, hacia el fin. 

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