Parte 2: Soledad



jueves 8 de noviembre del 2014.

Las imponentes calles, los majestuosos monumentos, las bellas luces que iluminaban la ciudad, los parques en los que tantas tardes habíamos reído y jugado sin parar… La escuela, la complicada tabla de multiplicar del nueve…Todo ello se sentía tan lejano, todo ello se había reducido a escombros. Difícilmente quedaban edificios en pie, el centro de la ciudad era un área de fuego, los encapuchados se habían apoderado prácticamente de todo.

Hacía ya varios meses que los rostros de mi padre y mi hermano mayor se habían difuminado de mi memoria, la ansiedad nos carcomía por dentro. Mi madre había comenzado a envejecer desde el día en que sobreviví al atentado. Sin embargo, desde la partida de mi padre, su expresión lucia mucho más cansada, su mirada estaba abatida, el corazón parecía latirle cada día más lento. A pesar de todo, intentaba mostrarnos su lado más compasivo y amable, tanto a mí como Habiba. 

Nos hallábamos malviviendo en un campo cercano a Kurdistán. La comida, aunque nuestros huesos parecían ya piel, no era lo más importante, aquellos duros años nos habían hecho a la inanición, lo peor de todo eran las noches. Cuando reina el caos, no se puede tener esperanza en la bondad de nadie. Cientos de lobos disfrazados de ovejas nos rodeaban. 

Mi madre y yo no pegábamos ojo alguno, permanecíamos aferrados a una navaja afilada en la entrada de la tienda. Aquel terror, era rutina. Éramos esclavos del miedo, esclavos de la impotencia, esclavos de nuestras expectativas. Todos deseábamos que la guerra llegara a su fin, pero sabíamos a la perfección que quizás nuestras frágiles vidas serían sesgadas antes de tiempo.

Aquel jueves la noche llegó con especial parsimonia, los cierres de las tiendas de campaña comenzaban a oírse. Luego de recibir la última porción de comida del día, un bol de yuca hervida. Los mosquitos sedientos de sangre podían causarnos una muerte certera, por eso a las 6 de la tarde ya debíamos estar listos para no volver a salir en toda la noche. Serían apenas las 20 horas cuando una ráfaga naranja iluminó el cielo, la mirada de mi madre se llenó nuevamente de presagio y terror. El sonido destructor de cientos de disparos acompañaban a los alaridos de pánico.

Las ramas de aquel frondoso bosque nos aruñaban la cara, nuestros zapatos prácticamente destrozados nos permitían sentir el suelo húmedo. Mi madre intentaba calmar con una nana improvisada los sollozos constantes de mí hermana, nuestro único objetivo era llegar a los alambres de púas y cruzarlos, la frontera era nuestra única salida. 

Cuando llegamos yo crucé primero, mi madre alzó los brazos, extendiéndolos para que yo pudiera alcanzar a Habiba. Apenas unos segundos, unos escasos segundos bastaron, apenas mi hermana pudo poner pie en tierra turca y un sonido agudo estalló.  Una bala había impactado en el cuerpo de mi madre.

Mi corazón parecía haberse detenido, los disparos se escuchaban ciertamente mucho más cercanos. Entonces con su último aliento ella lo pronunció, palabras irrenunciables, que jamás olvidaría.

“Vive, vive por ti y por tu hermana, ahora es todo lo que tienes en el mundo, huye… ¡Huye ahora!”

Mientras tomaba en peso a mi hermana, mientras corría rápidamente por aquel árido terreno, mientras las lágrimas se deslizaban violentamente por mis mejillas, mientras mis piernas se agarrotaban y mis pies latían, me invadió un profundo dolor. Aquel dolor trascendía lo físico y lo emocional, aquel dolor me anunciaba que estaba a punto de quedarme completa y totalmente, solo en el mundo.

Cuando el aliento ya no podía alcanzarme para nada más, cuando el corazón estuvo a punto de saltarme del pecho, cuándo el mareo me hizo temer el desmayo, caí de rodillas al suelo. Baje a mi hermana de mi espalda y la abrace fuertemente. Allí en medio de la noche el llanto dos niños resonó en suelo turco.


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