Lágrimas en aquel portal
¿A quién le gusta llorar? Recuerdo que por aquella época me
hacía constantemente aquella pregunta. La respuesta era simple y sólida, por lo
menos a mí no me gustaba llorar, tal vez por qué me sentía incapaz.
La tormenta se acercaba salvajemente, podía contemplarlo a
la perfección a través del empañado cristal de mi ventana. El paisaje comenzaba
a ser bañado por los poderosos torrentes de agua, los rayos y truenos de fondo contribuían
otorgando al espectáculo un toque siniestro.
No pude aguantar mucho tiempo cobijada bajo las cálidas
sabanas de mi cama, no quería perdérmela, disfrutaba estar bajo la lluvia.
La
tormenta no hizo sino tentarme, poco importaba que fueran las doce y pico de la
noche. Le era bastante indiferente al miedo, así que enfunde mis pies en las pantuflas
rápidamente, procurando que la puerta no emitiese sonidos al salir de la
habitación. Las escaleras se perdían en la masa negra dispersa, sin
forma, rogué internamente para no caerme. La clave de la misión consistía en no
alertar a mis padres, sabía de antemano que me caería una buena si me
descubrían. Cabe decir que, lo logre a penurias.
Abrí la puerta de la cocina y sentí la primera gota helarme
el brazo derecho, segundos después el pijama estaba todo empapado. Corría un
aire frío y como de costumbre, el peligro me había llevado lenta, pero
inexorablemente hacia mi destino.
Sentado en el portal de casa estaba él, tenía los ojos
cerrados, la ropa empapada, las rodillas desolladas, el costado izquierdo del
pecho cubierto de sangre. Creí ver un estallido de hematomas en su piel, pero la
poca luz no me dejó confirmarlo. Me dirigí a pasos lentos y me senté a su lado,
coloqué una mano en su hombro, atrayendo su atención. Unos grandes ojos se
asomaban expectantes y confundidos.
- - ¿Qué te
trae aquí? – pregunté naturalmente.
- - Estoy
confundido, no puedo encontrar el camino de vuelta a casa. Suena estúpido, lo
sé, pero no puedo hacerlo – asentí firmemente ante su respuesta.
- - Es por qué
estás muerto. – solté como de costumbre, secamente.
-
Lo sé. –
una expresión de sorpresa congestionó mi rostro, todos los que venían a mí, no
lo sabían.
- -Pero,
debes irte. – dije en tono condescendiente.
- - Aún no, no
todavía, el pecho me arde, solo quiero llorar.
- -¿Llorar?
¿Por qué?
- -Por qué no
lo he hecho en mucho tiempo, me gustaría hacerlo por última vez.
- - Hazlo.
- -Tú me verás
hacerlo.
- - Estúpido,
está lloviendo… ¿Cómo podría hacerlo?
- - Me sentiré débil
- -Quizás
estés siendo más débil ahora. -No hubo más palabras, arrulló su cabeza entre
sus brazos. Oí uno a uno, sus pequeños y leves sollozos mientras la lluvia
caía.
Me sentía extrañamente tranquila al lado de aquel chico,
demasiado quizás, según su condición. No me di cuenta, pero ya se había levanto
y me miraba fijamente.
- . ¿Qué? -pronuncié
malcaradamente sin ningún preámbulo. Una suave sonrisa se deslizó levemente por
su pálido rostro. A continuación, hizo algo que me dejó completamente
petrificada; sus labios se posaron en mi mejilla.
- - Muchas
gracias. – susurró. Cuando abrí los ojos de par en par, a pesar de que me
encontraba llorando, él ya había desaparecido.
Me sentía sola, sonreí irónicamente, sintiéndome torpe y
estúpida. Yo no podía aferrarme a nadie, ni siquiera a mi mejor amigo.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, obligándome a
girar la cabeza. La mirada de mi madre podía hacer temblar incluso a un mapache
con rabia. Con pesar me levante, pasando frente a ella.
- - ¿Con quién
estabas? Oí voces. – la misma incomoda y perpetua pregunta pronunciada en su
típico tono enojón.
-
Con nadie
mamá, con nadie. – respondí con cierta amargura.
Aquello resultaba triste, cruel y hasta irónico; pues era
incapaz de llorar, odiaba llorar, pero en aquel preciso momento hubiera deseado
llorar hasta morir.

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