Depresión; una bella bestia acecha
El sendero luce iluminado por una luna de ceniza, leves rayos se esconden tras la mirada del ángel que observa mis pasos, expectante, a la caída, al temor, al fracaso. Mis pies levitan, hace días, meses, años y siglos que no rozan el suelo. Las estrellas recorren mi piel, la soledad es amante y buena amiga, aunque implacable y maldita.
No se extienden por este arduo camino, manos amigas, el arcoiris descansa sobre la cruz del sur, lejos, tan lejos de aquí. Los rayos del sol son esquivos a mi presencia, vivo en una noche perpetua, bajo la sombra de aves rapaces y funestas tormentas. Condenada a la eternidad, cual cuerpo de barro, con ojos de cristal.
Mi larga cabellera se desliza por la ruta, devorando, secando, consumiendo todo lo que toca, ahogando gritos de dolor, secretos inconfesables, penas irrenunciables, deseos insaciables, miradas guardadas en joyeros sin diamante. Las ánimas sensatas no batallan, ceden, mis brazos resguardan al desolado, son más seguros que un mundo lleno de arpías y espinas.
Soy intermitente, poco constante, destruyo, arrollo, incinero, acabo, daño, no tengo particulares remordimientos, todos nacen con cierta misión. Acudo a los llamados tan carentes de cordura y por partida doble, cargados de razón. Los corazones rotos son desoladores paisajes, las decepciones marcan, los amores mueren, o cuanto más fallan.
Los fríos y sólidos muros construidos al rededor de este electo camino están amurallados, cuatro cancerberos guardan las llaves de entrada y salida, es imposible introducirse sin consentimiento, es ciertamente de ilusos pretender salir ileso. Disfruto irrumpir en las tortuosas pesadillas, yo confieso, el frasco de aspirinas que decora tu salón interior lleva inscrito mi nombre, al menos, uno de ellos.
Los días y noches tienen inscrita mi esencia, lo sé, lo sabes, poco a poco me iré introduciendo lenta y dolorosamente en tu piel, en pleno consentimiento, te iré devorando por dentro. Las entrañas de nostalgia y rencor saben a pura hiel. Tus suspiros desgastados se van amontonando, todos estos ellos, envueltos en mi negro cabello.
Camino ligero, ligero, recibiendo el beso de los fuertes vientos del norte, llegando hacia la parada de cese, de tregua, decisivo momento. Te lanzas al abismo incierto o te quedas, nunca obligo, ni martirizo, llego por voluntad ajena y de igual forma me quedo. Frívolos príncipes y princesas, nunca reparan en mi presencia.
El frasco de aspirinas cae, firmas el contrato, adquieres mi nombre, una nueva identidad, las luces del acomodado salón se funden una a una, como las esperanzas, esquivas, efímeras y grandilocuentes. Norte, sur, este y oeste, los cuatro cancerberos despiertan de su larga siesta, la luna ceniza se torna roja, llueve sangre, las puertas se abren, el ángel sufre y llora.
Bienvenido, adelante, vamos juntos hacia la eternidad

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