El porvenir entre perdigones: estigma y condena
Advertencia: el texto expuesto a continuación es una crónica; por ende, los sucesos narrados están basados en hechos reales. El contenido del mismo puede resultar fuerte, el motivo de su realización corresponde a una consigna académica de mi carrera universitaria, el texto no pretende, ni pretenderá jamás fomentar el morbo. El texto puede resultar duro, a modo de crítica social, los nombres de los implicados han sido cambiados.
23 de febrero del año 2015, el sol reluce en lo más
alto del firmamento, una neblina de azufre y odio se eleva en su dirección. El
ruido de los perdigones impactando contra la carne y el asfalto, ambos al
parecer al mismo nivel, predominan el ambiente. Del lado izquierdo una multitud
de personas se aglomera poseída por la rabia. La retaguardia está compuesta por
jóvenes que apenas superan los veinte años. La muerte segura no tiene
importancia, cuando no se posee garantía de vida alguna. Del lado derecho, las fuerzas del orden,
enfundadas en un chaleco que reza las siglas “PNB”, el uniforme los condena, el
orden del mundo es sencillo y pragmático: unos mandan y otros obedecen, poco
importa el precio que se pague por ello.
El eco de una sirena de ambulancia patrulla las calles
con la parca al lado. El escenario convulso no invita al optimismo. Son las 13
horas 30 de la tarde, los estudiantes de la universidad Católica del Táchira
hacen su usual break del mediodía.
Los muchachos de la secundaría se cruzan con ellos en el paso de cebra del
barrio San Carlos. El futuro de la patria entre balas de goma y cocteles
molotov. El porvenir luce tan arduo como injusto. Joaquín Salgado se encuentra
entre ellos, escucha cerca los impactos de bala y los gritos secos. Poco sirve
el miedo y su sentido natural de cautela, o cruza a la calle o no llega a casa.
Hay varias probabilidades que baraja cada día: ser asesinado por un
delincuente, por la bala perdida del policía o del opositor de turno o en
última instancia morirse de hambre, enfermedad y frio.
La suerte es esquiva y caprichosa, no se puede evadir
lo inevitable por mayor tiempo, donde están las acciones reaccionarias, están
los chivos expiatorios que las pagan. Salgado logra pasar sin mayor
inconveniente el edificio de concreto blanco apostado en la esquina de la calle
14. Mira a conciencia y de reojo un auto gris apostado cerca de la
manifestación, evalúa a consciencia las posibilidades; tumba o escudo. El
corazón le palpita en el oído, aprieta los dientes hasta sentir el hierro y
acelera el paso. En el aire se respira rabia.
La escena que contempla lo embelesa, los ojos llenos
de impotencia y de miedo le cortan el habla. Un chico joven recibe un golpe
seco en la cabeza y se desploma, un policía se aparta rápidamente esquivando el
camión que pretende arrollarlo. Ante la vorágine de violencia el joven
retrocede, busca desesperado el auto gris, toma carrerilla decido a permanecer
debajo hasta que la tormenta pase o hasta que el destino vehemente se
compadezca y le ponga en bandeja la ruta de salida.
Sin embargo, un fuerte tirón lo frena en seco, unas
manos gruesas se aferran a su mochila y lo arrastran calle abajo. La adrenalina
crea un nudo en su estómago. Intenta zafarse mientras entre palabras
inteligibles explica que su presencia en la escena es circunstancial que poco
tiene que ver con intencionalidad y que no pretende ejemplificar con su muerte
ninguna idea política. Lo explica en vano, cuando logra mirar fijamente los ojos
de su captor, logra leer el destino. “Estoy
perdido”
Pedro Moreira Cevallos de apenas veinte y tres años,
retiene al muchacho con una mano mientras aprieta el revolver de perdigones con
la otra. Meses atrás Moreira no habría podido si quiera pensar en la posibilidad
de llevar un arma a una manifestación de civiles, la ley lo penaba desde hacia
años. Por desgracia, el Ministerio de Defensa de la nación había flexibilizado casualmente
su postura ante la frecuencia cada vez más recurrente de las marchas y
protestas. Poco puede hacer la mirada perdida de un adolescente ante la
doctrina de ofensa y defensa, línea además bastante difusa en cuanto se mezclan
los intereses y conveniencias políticas de quienes ordenan.
Moreira, miembro de la policía nacional bolivariana,
decide retener al joven por los brazos. Sin embargo, falla y el muchacho logra
darle la espalda para escapar. El policía que ha jurado proteger a ciudadanos
como Joaquín alza el brazo y apunta. La indecisión y la duda se ven remplazadas
por la adrenalina, con la mente en blanco aprieta el gatillo. El silbido del
perdigón le resuena en el tímpano, la bala atraviesa la nuca del joven y le
revienta el cráneo.
La valentía y la decisión con la que ha disparado se
vuelven difusos, el cuerpo del muchacho convulsiona mientras la calle se tiñe
de rojo. Y entonces, cuando los manifestantes se congregan para socorrer al
herido, se da a la fuga. El eco de la ambulancia que patrulla Táchira se hace
cada vez más cercano, la muerte viene a su lado, como usualmente lo hace,
vestida de negro. Inconsciente, pero vivo, lo aseguran en la camilla, rumbo al
hospital, donde ya, escasea la medicina.
En tiempos convulsos la esperanza es ciertamente un
bien escaso, por eso, cuando el pronóstico llega, no causa mayor sorpresa.
Joaquín logra llegar al hospital, pero a sala cerrada, en la mesa de
operaciones, sus latidos se desestabilizan. La maquina que lo monitorea
comienza a sonar de manera insistente, paulatina y preocupante. Los médicos
cegados por vocación intentan reanimarlo y su corazón se detiene. Nadie hasta ahora a mencionado que tenía
catorce años.
La indignación inaugura la mañana del 24 de febrero, un
niño de catorce años es enterrado, mientras otro joven de 23 es puesto tras las
rejas. Diferentes condenas, fruto del mismo conflicto. Los diarios rezan
titulares duros, carentes de filtro, de bando y bando. “Muere joven estudiante
a manos del PNB” “Adolescente muere en manifestación opositora” “Joaquín
Salgado”, nueva víctima de la policía nacional”, “Basta ya de asesinar a
nuestros jóvenes”, “Justicia para Táchira”. El tablero del espectro político ha
perdido un peón. Las torres, alfiles, reyes y reinas toman la contra ofensiva.
El presidente transmite en vivo su profundo rechazo
hacia la acción del policía, niega rotundamente la represión armada en la
República Bolivariana de Venezuela, asevera que todo funcionario público bajo
su mandato pagará por todo crimen que cometa. Asevera, rechaza y niega, pero
calles abajo, en plazas, avenidas y esquinas los policías siguen portando
armas, los estudiantes siguen muriendo….
Y los bandos siguen reproduciendo miseria, violencia y muerte.
Nota 1: La fotografía ha sido obtenida de aldea42.com a continuación anexo el artículo de dónde aparece: http://aldea42.com/estados-unidos-cambia-de-postura-respecto-a-venezuela/
Nota 2: Anexo la noticia real desde el enfoque de dos medios de comunicación, a fin y opositor al régimen actual, la información SIEMPRE debe ser contrastada:
Notiamérica: http://www.notimerica.com/sociedad/noticia-quien-era-kluivert-roa-adolescente-asesinado-venezuela-20150225120314.html

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