Nancy
Nancy era muchacha de ojos escarlatas y cabello violeta, hija de bibliotecarios, criada entre libros, lee hasta tarde sentada bajo el árbol de almendras con Kuro, su gato negro en el regazo. Y su tía Amanda acude a molestarla, que levante el trasero, que haga la cama, que tiene tarea, que los libros le van a secar el cerebro como al tal "Don Quijote de la mancha". Nancy resopla, pero acude obediente, como rey a la guillotina.
Aquella noche luego de ducharse su madre le narra el fragmento de un cuento, extrañada por la ausencia de final feliz, la niña duerme plácidamente mientras el gato se enrosca en sus pies. Mientras descansa, tiene una terrible pesadilla, el pasillo oscuro de su casa esta plagado de monstruos, ojos amarillos la persiguen sin fin ni descanso, más sentada en una silla estaba el demonio más espantoso de todos: el que tiene rostro de humano.
Un maullido feroz la levanta, tiene el cabello pegado a los hombros, al rostro, al pecho, Kuro se ha erizado y luce en posición de ataque, la sombra de una mujer esbelta se deja ver tras las traslucidas cortinas de su ventana. La niña sagaz atrapa a Kuro y lo aprieta contra su pecho. "Crack" La puerta de la cocina, la han roto o la han abierto, poco importa, unos pasos acelerados y decididos resuenan en el pasillo y se dirige hacia la habitación de sus padres.
Cuando llega a la habitación observa los ojos suplicantes de su madre y el cuchillo que se hunde tres veces en la nuca de su padre, la esbelta y familiar silueta que comete el crimen se encuentra dándole la espalda, lleva guantes de cuero, pero un brazalete de plata con la palabra "Amanda" en cursiva, la delata. Se le hiela la sangre, más aún cuando hace ademán de girarse.
-A mí...¡Mátame a mí! Nancy está fuera de tu alcance, Alberto y mi madre lo sospechaban, las cartas anónimas, las coincidencias inquietantes, bruja de mierda aquí me tienes. Vamos a saldar cuentas.
La mirada suplicante de su madre lo dice todo, la pequeña Nancy regresa acelerada a su habitación, toma el teléfono y marca el número de emergencia, pero está descolgado. Los pasos de hierro ascienden hasta el final del pasillo lentamente. Desesperada y pérdida en lágrimas y sollozos mudos la pequeña amarra su sabana de Goofy y Pluto al respaldar inferior de la cama, mete en su mochila el cuento de Caperucita roja de los hermanos Grim y aprieta a Kuro a su pecho con una mano mientras desciende con la otra. Antes de tirarse al suelo y torcerse el tobillo unos nudillos golpean la puerta de roble de su habitación.
Ya en el pavimento la muchacha gimotea, se arrastra y se esconde tras unos grandes matorrales que desembocan el en gran descampado. Allí aterrada y sobresaltada, cree ver la sangre de su padre en sus manos, destrozada, despojada de toda la inocencia que puede tener una niña de once años Nancy abraza a Kuro y rompe en llanto. Así acaba la noche, aquel veinticuatro de septiembre.
*
Ding, Dong. El final de clases, la llegada del verano, una muchacha de ojos escarlatas y pelo violeta mastica el chicle sin inmutarse mientras se pierde en las banalidades de un tal Romeo y una tal Julieta, el libro favorito de su madre. Es veinte de Septiembre y dentro de unas escasas semanas cumplirá quince años. Vive a casi cinco mil kilómetros de la casa que fue testigo del asesinato de sus padres, están a cuatro días de otro nuevo aniversario, el asesino anónimo sigue sin aparecer y ella no se ha negado a ver de vez en cuando a la tía Amanda.
Cuándo llega a casa se deshace de la pesada mochila y tira la maleta sobre la cama, Kuro descansa en el castillo de lana y se despereza lento, antes de bajar a saludarla, se sienta en medio de la cama y observa inquieto como su ama guarda aquel tomo gastado de los Hermanos Grim, una caja de pastillas, comunes pero monstruosas y una pesada cuarenta y cinco. El gato concienzudo coloca una pata sobre la maleta haciendo resonar el cascabel.
Tengo que hacerlo Kuro, caperucita aprende después de todo, a las malas. Volveré, viva o muerta, pero volveré Kuro.
El felino la miro con ojos sabios, se acercó a su frente y le lamió la nariz mientras ronroneaba a consciencia. Aquella noche, cuando partía hacia la estación, luego de recibir la infaltable bendición de su abuela, el gato negro observó la espalda de su mejor amiga y supo que nunca más la volvería a ver, al menos, no como la misma niña que había llorado sobre su pancita aquel fatídico día.
*
La mañana del veintitrés Nancy desayunó en una cafetería de carretera, pidió unos hot cakes de avena con huevo revuelto y bacon, volvía a casa y lo hacía por todo lo grande, si señor. Pasó por la floristería de la señora Duncan, que como suponía continuaba abierta, con el tiempo había aprendido a armarse de certezas, lo que sucedería aquella noche, era una de ellas. La pesadilla del pasillo no había dejado de perseguirla.
Cuando llegó al cementerio, la esbelta figura de su tía estaba enfundada en una gabardina gris, le dio dos besos en la mejilla mientras una lagrima se derramaba por el pómulo. La tía Amanda era actriz titulada, desde luego, no en vano. Acuden a casa en silencio, oh caserón de recuerdos, el viejo árbol de almendras continua intacto, los libros del estudio de su padre están tal cual los había dejado: terror, fantasía, material jurídico y política, a la izquierda romance y a la derecha melodramas y lágrimas.
Nancy querida, tómate una ducha, debes estar ciertamente cansada. Y cuándo acabes ven a mi recamara, tendrás luego tiempo para leer, ¿Sigues como Don Quijote?
Nancy subió las escaleras a conciencia, peldaño a peldaño, enfrentándose a su escabroso pasado, cuando llego al baño suspiró fuerte y abrió la maleta, saco de ella el tinte barato y se lo colocó sobre sus largos y violetas cabellos, se sumergió desnuda en el agua hirviendo de la bañera mientras le hacia efecto. Se hundió de pronto inundando el agua de tinte negro, la alarma del teléfono sonó y la muchacha procedió a enjugarse. Colocó el albornoz sobre su gélido cuerpo y se puso los guantes de cuero. Tomo el revolver calibre cuarenta y cinco y le quitó el seguro.
El agua caía de sus cabellos negra, mientra caminaba por el pasillo de sus funestas pesadillas. Tocó la puerta de la habitación de sus padres y accedió cuando la voz suave de su tía le dio permiso. Escondió el revolver volviendo el brazo hacia atrás y se sentó en la cama, dónde Amanda estaba, luciendo una pijama de seda.
-Tía...¿Recuerdas el cuento de caperucita? Al final se come la carne y la sangre de la abuelita. -El rostro de la mujer palideció.
-No recuerdo haber leído una versión tan horrible.-soltó ensimismada
-Tan letrada y tantos libros sin tocar en esta casa.- dijo la niña de ojos macabros mientras agarraba una gran almohada.-El lobo la engaña es cierto, pero caperucita debe redimirse NO PUEDE QUEDARSE COMO UNA NIÑA PARA SIEMPRE ¿NO CREES?
Nancy colocó rápidamente el revolver sobre la nuca de su tía y estampó con fiereza la almohada sobre su rostro, el forcejo duró poco, tanto cuanto tardó en apretar el gatillo y disparar tres veces. El cuerpo de la mujer comenzó a deshacerse en sangre, las sabanas turquesas comenzaron a teñirse de carmín. La chica por su parte, abandonó sin inmutarse la habitación, se vistió rápidamente y limpio las gotas de sangre que habían salpicado su rostro. Mientras caminaba por el pasillo se sentía liviana, no había monstruos acechándola. Antes de apagar la luz y cerrar la puerta, lanzó el revolver y los guantes de cuero a la chimenea.
Caminaba distraída rumbo al puente Wallace, que se encontraba en el cruce entre Layne y Tross, el ejemplar de los hermanos Grim se balanceaba en sus manos, al llegar al puente observo consciente su reflejo en el mar, la luna llena le permitía ver su rostro inexpresivo, antes de lanzarse al vacío pudo escuchar las sirenas de policía perderse avenida arriba.
*
Aquella noche, luego de levantar el cadáver y de que las fuerzas del orden sacaran conclusiones precipitadas, los vecinos aseguraron ver a una pequeña niña de ojos escarlata y cabellos violetas leyendo bajo el viejo árbol de almendras.

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