Depresión: ni juego ni pecado
El reloj marca casi las cuatro de
la madrugada mientras escribo estas líneas y rememoro poco a poco aquello de lo
que vengo a escribir. La mayoría de mis publicaciones en este blog, son un
reflejo en clave de mi propia historia, este espacio, no creo exagerarlo me ha
salvado la vida y por eso para mí, es casi sagrado.
Comencé a escribir esta historia
cuando apenas tenía catorce años y los tiempos difíciles apenas comenzaban. Aquel
12 de agosto del año 2010, era ya una niña con malos sueños, inseguridades, la
soledad ya me pesaba como un bloque de hormigón, ya me encerraba durante los
recreos en el baño, ya me había rasgado la piel, ya había intentado suicidarme,
ya me sentía una completa mierda. Era una muchacha con kilos de más, con ideas
extrañas sobre la vida, el mundo y la amistad, que vivía entre libros, mangas,
animes y canciones. A los ojos del resto todo esto se resumía en una simple
palabra “Ella es rara” o “fea”.
Es cierto aquello de que acabamos obedeciendo a las expectativas a lo
que esperan de nosotros.
Por si fuera poco, mis pesadillas
comenzaban a ser cada vez más frecuentes, la oscuridad comenzó a espantarme con
mayor frecuencia, era normal tener hasta quince o veinte pesadillas seguidas en
una noche, repitiendo el mismo suceso. La oscuridad de mi habitación, no puedo
moverme, no puedo casi respirar y alguien alza las sabanas y se acuesta al lado
mío, o se sube en mi espalda. Despertaba de una, para regresar al mismo
escenario onírico, cuando despertaba con la paranoia a flor de piel debía
hacerme daño para probarme que no seguía dormida. Que nadie me haría daño, y la
luz permanecía encendida.
Al principio los recuerdos que
llegaban en esos sueños se me hacían lejanos, muy lejanos quería convencerme a
mí misma de que cosas así no podían haberme pasado. Aunque recordara rostros,
aunque recordara hechos precisos, aunque cada tarde al ir a la tienda pasara
por la misma casa de mis pesadillas y recuerdos, donde casualmente dejé años de
infancia y ahora en retrospectiva, quizás dejé allí hasta la mitad de mi vida.
El problema es que los recuerdos y las pesadillas comenzaron a mezclarse, el
miedo era tal que el sueño no llegaba a mí.
A lo largo de aquel año hubo
factores decisivos, la muerte de un ser querido que es aún ahora siete años
después una pérdida irreparable, el cáncer de otro familiar, la nueva partida
de mis padres, que habían partido ya mucho antes, luego de desmembrar mis vínculos
afectivos. Estaba sola, muy triste, con la imperante necesidad de ser una niña
grande, una niña fuerte, aunque no supiera cómo, ni mucho menos por qué. A ojos
del resto yo era apenas una pequeña petulante y rebelde, pero no era esa niña
destrozada que lloraba en pesadillas, moría de insomnio, sufría marginación en
el colegio, odiaba su imagen en el espejo y que cuando no podía más…agarraba las
tijeras y se dibujaba reproches en la piel. Uno puede llegar a mantener una
cantidad increíble de secretos bajo las mangas largas de una camisa.
Cuando los quince llegaron
eventualmente mi vida comenzó a tornarse cada vez más difusa, las pesadillas
aumentaron, el insomnio también, y las certezas de que los sueños no eran imaginaciones, si no
la esencia de recuerdos muy reprimidos y muy dolorosos lo que me acechaba todas
las noches. Cuando la verdad comenzó a pesar más que mis propias mentiras la
cosa se volvió fea, de inútil e insegura comencé a sentirme sucia, inútil,
insuficiente, no buena, incapaz de amar o ser amada, digna solo de maltratos y
rechazos, comencé a sentirme infinitamente culpable. Eventualmente puse una
distancia distorsionada entre mí persona y el resto, empeoró realmente con los
hombres, no me sentía segura con ninguno de ellos. Daba igual familiares o
desconocidos, el cuerpo se me paralizaba no podía hablar, no podía caminar, el
recelo me frenaba.
¿Qué mejor ingrediente para
mejorarlo que enamorarse como un completo y soberano estúpido? Las relaciones
emocionales a tan corta edad y con una mente en vías severas de trastorno, no
son una buena combinación. Pasó lo inevitable, la relación termino por
desequilibrarme, yo no podía aceptar amor de nadie, por qué simplemente no
creía merecerlo… ¿Cómo indagar en la sexualidad? Sí me hacía sentir culpable,
como un objeto, no podía definir límites, por qué desde muy chiquitita la línea
que separa estos límites se quedó rota…y yo jodida para siempre. Yo solo quería
y podía reproducir maltrato y sí las cosas inminentemente terminaron, y aquel
trastorno afectivo, psicológico que tenía acabó por estallar. Cada día, cada
jodido día las huellas reaparecían en mi piel con mayor nitidez.
Ya no era insomnio, era colapso,
pasé noches enteras retorciéndome en la cama, llorando, arañándome el pelo, los
brazos, las piernas la piel, el pasado me quemaba, me hería el alma…y todo,
todo, me hacía pensar que yo era la responsable, como si no existiese
victimario. Lo peor aún no había comenzado…lo peor no era sentir rabia o
tristeza, lo peor vino después, cuando no sentía nada. Cuando no me importaba
despertarme, cuando todo lo que deseaba era morirme, pero morirme así, en
calma. Pasaba horas contemplando como una muñeca de porcelana los cristales de
mi ventana, la misma imagen gastada. Comencé a odiar al resto casi tanto como
me odiaba a mí misma, hasta el punto de no querer verlos, de amanecer cada
mañana e implorar por no ir al colegio.
Todas las tardes salía con
infinita prosa a caminar por las calles del pueblo, sola, a donde los pies me
llevaran, qué más da si era sola o acompañada, caminaba sin rumbo y regresaba
de noche, ya no lloraba, no podía. Y sí
me hablaban no podía entender ni analizar las palabras, vivía ida, con el
sentido cognitivo flotando en el aire, yo me sentía ajena, completamente ajena
al resto “al deber ser”. Dejé de
comer, perdí por completo el apetito, y sí algo llegaba a mí estómago
instintivamente vomitaba. Pero el punto de inflexión siempre llega
sin avisar.
Fue el 19 de mayo del año 2012,
apenas unos días antes había cumplido los dieciséis años, aquella noche me abrí
la piel de arriba abajo, sin dejar sitio libre, y no me dolía, no
necesariamente más que todo lo que llevaba por dentro. Cuando me descubrieron a
la mañana siguiente, tenía la mirada perdida, y no me sentí especialmente mal
por lo que había hecho, aún a día de hoy creo que fue infinitamente necesario.
Aunque las marcas han desaparecido, sucesos así nunca se olvidan, las razones
que me llevaron a ese momento, mucho menos.
El tratamiento de depresión
severa y ansiedad no es un tratamiento en capsulas de tomar y pasar. Tomé la
consciente decisión de no matarme, no por especial vínculo con las personas,
las personas siempre iban a llegar y a irse, porque es natural y está más que correcto.
La vida sigue; no se detiene, con o sin sentido sigue, sigue siempre. En este
punto recalco mis convicciones, de no tenerlas habría simplemente apretado el
gatillo. Eventualmente los planes se tuercen y mi decisión se hundió en ruinas
cuando el cáncer toco a la puerta de nuevo y en esta ocasión me alejo
definitivamente de mi familia, física y emocionalmente. Las consultas con el
psicólogo se cancelaron y yo, nunca he sido clara al respecto, pero el mismo
problema se ha ido reproduciendo de distintas formas.
A unos meses de cumplir los diecisiete
desarrollé anorexia nerviosa, toda mi ansiedad dirigida antes al cutting comenzó a reflejarse en la
comida, todos mis problemas respecto a mi cuerpo y a los sucesos que me habían
hecho odiarlo comenzaron a ser resueltos a través de exigentes rutinas de ejercicio.
No pasó mucho tiempo, tenía ya una libreta donde anotaba las calorías, donde
anotaba todas las comidas del día a día. Nunca me engañé en ese aspecto, yo era
consciente de mis acciones, sabía que no estaba gorda aunque el espejo me mostrara
una imagen distorsionada. La báscula llegó a marcar 38 kilos, y las alarmas se
dispararon, como siempre en mal sentido, soltando tiros disparatados.
Yo sólo necesitaba canalizar mi
ansiedad, mis ansias de ser buena y perfecta, necesitaba llenar todo el vacío
emocional que suponían las despedidas, además si era perfecta y disciplinada
hasta en eso, también lo sería en lo académico y tarde que temprano me acabaría
largado a un lugar sin recuerdos, donde no tuviera que respirar el mismo aire,
ni encontrarme al monstruo que me destrozó la vida por las calles. La inteligentísima
solución fue obligarme a comer, tratarme de superficial y pendeja. Comenzaron
entonces los vómitos que durarían desde entonces más de un año.
El vómito era puntual, el
ejercicio arduo, y las expectativas en busca de perfección nunca cesaban. El
pelo comenzó a caerse, la piel a ponerse pálida, la anemia a volverse crónica,
los músculos de la pierna casi se me desgarran del sobresfuerzo. Poco a poco,
cuando supe que no habría fin, comencé a controlarlo, los vómitos han parado,
pero hoy cuatro años después no puedo decir lo mismo de los desórdenes
alimenticios.
La ansiedad se ha vuelto un
monstruo chiquitito, los pensamientos suicidas continúan, aunque ya no se
canalizan a través de heridas, las decepciones han dejado de causarme bajones y
la depresión o ha desaparecido o se ha vuelto igualmente silenciosa. Las
pesadillas igual persisten, hoy sé que es un síndrome de estrés post-traumático
que me impide dormir con las luces apagadas. Han pasado casi 9 años desde que
inicie este ciclo completa y absolutamente destructivo, y aún no lo he
superado. Porque es ciertamente un trabajo del día a día que, no se puede
lograr solo con fuerza de voluntad.
Mi mensaje es el siguiente; la
depresión no es un juego siempre suele ser reflejo de experiencias graves que
duermen en el inconsciente y pueden trastornar nuestra personalidad y el modo
en que nos relacionamos con los demás. No es un pecado padecerla, a todos puede
llegar independientemente de la circunstancia. No eres ridículo por
experimentarlo, tienes el derecho de solicitar ayuda, de acudir a un
profesional y eventualmente ser libre de aquello que te atormenta.
Queridos amigos, a día de hoy yo continuo en
una lucha que no cesa, pero en este proceso he aprendido a perdonarme y a
quererme cada día un poquito más, a encontrarle sentido al menos a lo básico, a
aferrarme a metas y no a relaciones, a ser menos voluble y más sana emocional y
sentimentalmente.
Porque la vida es eso; nadar o hundirse y lo
más valioso que tenemos, lo único que no nos abandonará, somos nosotros mismos, para bien o para mal.

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