Del suicidio asistido y la ceguera social




El ruido de los coches frenéticos comienza a trepar por la columna vertebral de los transeúntes, los semáforos alternan colores, las bayas publicitarias cambian de anuncio sistemáticamente. El olor a comida se mezcla con sudor y polvo, es la civilización humana en su neta y pura expresión, los pasos son mudos, las miradas ciegas y mientras el sol se coloca en lo alto del firmamento ardiendo, un rayo refulge. El claxon estalla y el pavimento protesta por el acelerado freno, demasiado tarde, el cuerpo robusto se estrella contra el parabrisas y la sangre comienza a descender hasta mezclarse con el color negro de la brea, hasta fundirse, casi imperceptible.

Los latidos del corazón del conductor son constantes, le trepan hasta las orejas, ciertamente en pleno centro huir es una posibilidad vetada, casi tanto como la felicidad. ¿Quién es capaz de entender las trivialidades? La mayoría se despeja y el susto se convierte en morbo, unos cuantos celulares graban el dantesco episodio, otros tantos rezan a un cielo indiferente, la policía de tránsito se apresura y la sirena de una ambulancia comienza a entonar su triste melodía unas cuadras más atrás.

El hombre que ronda los cuarenta tiene los ojos en blanco y la piel traslucida, pálida, su traje de Armani está desgarrado y el nudo de su corbata deshecho, es un rostro conocido y el asesino involuntario tiembla ante las consecuencias. Aunque todos, todos, en silencio aunque no lo admitan tienen un vocecita susurrando la verdad "Ha sido un suicidio".  La cúpula de la sociedad se reúne a puerta cerrada, reclamando acciones y desplazando las apariencias, la jungla y los negocios no son demasiado diferentes.

"¿Y las armas? ¿Los cheques? ¿Quién firma ahora los contratos?" "¿Crees que la muerte del primogénito...?" "Son gages, daños colaterales" 

La marcha fúnebre cubre los amplios jardines en donde la ceremonia pública se está llevando a cabo, los trajes de negro, las lágrimas sentidas y las que no tanto inundan en el ambiente, el féretro con acabados de oro pasa de mano en mano y antes de enterrarlo, uno de sus grandes clientes eleva una plegaria al cielo...¿Cómo explicarlo? Es uno de esos momentos, en los que todo ateo desea que exista un infierno. Y cuándo la tierra comienza a tapar el agujero, el sucio dinero, la muerte a sueldo, las prostitutas infantes, las concesiones corruptas, los empleados explotados y los presupuestos del Estado adulterados pasan a segundo plano. Después de todo vivimos en un mundo de verdades demasiado incómodas.  

La lluvia comienza a deslizarse por los negros paraguas, la comitiva poco a poco abandona la escena con un peso menos encima, bajo el gran árbol dónde descansa una cruz que consagra quién sabe qué, está otra, rezando la edad de un joven de diecisiete años, muerto a balazos en una inconveniente salida nocturna con su mejor amigo, hijo a su vez del nuevo archienemigo de su padre. Que caros salen en ocasiones los daños colaterales.

Y cuando el amanecer llega la ciudad despierta como siempre, en sus malas mañas...el ruido de los coches frenéticos comienza a trepar por la columna vertebral de los transeúntes, los semáforos alternan colores, las bayas publicitarias cambian de anuncio sistemáticamente. El olor a comida se mezcla con sudor y polvo, es la civilización humana en su neta y pura expresión, los pasos son mudos, las miradas ciegas y antes de que el sol pueda siquiera colarse en el firmamento, un cuerpo hipotérmico cae tieso. Tiene la piel a vivo hueso, la mugre impregnada, la dentadura vacía por el crack y las uñas negras. Ni la gente se inmuta, ni el susto prevalece, cuando alzan el cadáver entre mantas grises los pasos retumban en el pavimento, pero no hay plegarias. 

Nadie reconoce al desheredado y entra a la morgue como residente permanente, se llamaba Juan pero nadie lo sabe y a nadie le importa, un rosario casi adherido a su cuello resaltaba cuando se adhería todavía a la fe esquiva y caprichosa. Tenía 39 años, habían pasado apenas cinco luego de aquel despido injustificado, casi 3 desde la muerte de pulmonía de su bebe recién nacido y apenas dos desde que su esposa decidió dejarle una nota en el velador antes de rajarse las venas en la bañera. Un año y medio le había bastado para perder la cordura y la razón de ser. La cal comenzó a comerle viva la carne, ni una rosa inmaculada, ni una oración sentida, su traje rasgado poco tenía de Armani.

"Claro, TODOS lucimos iguales dentro de un ataúd, TODOS somos iguales ante la muerte..."

Qué les jodan.

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