El lobo y Aymara



Era un lunes por la tarde, el viento golpeaba lentamente el cristal del balcón mientras las campanas comenzaban a llamar ángeles entonando una bonita melodía. Desde la mecedora podía contemplar con encanto y algo de miedo el bosque de altos pinos que se encontraba al cruzar la calle, era el día perfecto para recoger piñas, explorar y divisar ardillas escurridizas, cuando eres pequeño siempre lo es. 

Dejé la taza de cacaolat frío en la mesa y me escabullí hacia la puerta como solía hacerlo: con un don de delincuente nunca confesado. Al cruzar la calle los latidos del corazón ya me resonaban en las orejas, rojas de nervios y exaltación. El asfalto se deslizaba sobre mis pasos, y sonrío al sentir el suave tacto del pasto bajo estos. En el bosque reina una niebla cálida, los arboles casi cubren por completo el cielo y la soledad me abraza comprensiva.

Comienzo a caminar, mientras tarareo un villancico que aprendimos la navidad pasada en clase de música. El camino poco a poco se abre paso hacia un gran lago de color plata, poco me importa no haberlo visto nunca antes pese a las innumerables excursiones. Sobre el se dibuja el rostro pálido de un muchacho de cabellos albinos y ojos de luna. 

-Te esperaba Aymara.
-Desde hace tanto.

El muchacho me mira fijamente, una sonrisa enorme se dibuja en su rostro y en sus hoyuelos se encuentra  dibujado el universo. Toma mi mano y abre la gran puerta de roble que acaba de aparecer sobre la superficie del agua. Y las estrellas nos engullen mientras un aire frío comienza reptar por mi espalda como una culebra. El agua es sólida y los pinos han tomado tonalidades rosas, en el firmamento que se halla bajo nuestros pies se manifiesta aurora boreal.

Roza sus labios contra sus pequeñas manos y el brillo metálico de una espada de fuego destella, la miro embelesada cuando me la entrega. El aprieta el arco de titanio a su hombro y me mira determinado. Caminamos recto, rumbo hacia la oscuridad donde el aullido de la muerte nos espera para ajustar cuentas.

Las fauces del gran lobo gotean carmín, sus ojos de fuego maldicen su destino y sus garras se aferran a la tierra mojada. Corro hacia la bestia mientras el muchacho niega espantado ante mi inconsciencia, lleva un amuleto de color blanco en la mano, pero es tarde. La espada atraviesa la figura de madera y paja que reposaba entre el pelaje del animal. Su gimoteo de dolor no se hace esperar, la figura se desprende y vuela por los aires incendiándose al instante. El cachorro de lobo se estremece, pero esta a salvo. 

Sonrío y palpo mi pecho, empapado como lo presuponía, las garras de marfil me abren en mil, y la sangre se desliza por mis manos, mientras el mundo difuso comienza a desaparecer. ¿Es que alguna vez ha sido esto real? Los ojos de luna me miran, se acumulan en ellos lagrimas como cristales, coloca con manos temblorosas el amuleto blanco mientras pronuncia palabras inteligibles y su dulce rostro se consume...se consume hasta dejar huesos, polvo y cenizas. 

Quiero gritar pero un fuego abrasador se abre paso quemándome las entrañas, la tela de sus ropajes danza un momento antes de reposar sobre mi abdomen. Y entonces el grito surge, se eleva y quiebra mi garganta en mil pedazos, cuando el sollozo está a punto de estallar alguien corta el hilo.

Abro los ojos de par en par, el techo de mi habitación es negrura pura, la luz esta apagada, el viento ha abierto las ventanas de par en par y la mecedora se mueve frenéticamente al son de las persianas. Es luna llena, los botones de mi pijama de par en par y palpo en medio del pecho la gran cicatriz que restan de unas garras de marfil, me arrastro pesadez hacia el balcón. El bosque de pinos ruge furioso, bajo sus gruesos troncos el lobo guardián aúlla hacia mi ventana, y las lágrimas corren.

-¿Es que alguna vez ha sido esto real?
-Siempre, siempre Aymara.

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