La muerte albina y la princesa



Los sueños, sueños son, se van quedando atascados en mi garganta como palabras a medio a decir, como arrepentimientos que no puedo confesar. Que cansancio y que desasosiego, que pare el piano de entonar melodías hipócritas, que alguien me arranque el veneno que llevo en el pecho y que entonces, todos, se callen, la corte y sus cortesanos. 

Y cuando el piano para las luces se disipan en el firmamento, las estrellas relucen, son fuego, caen llamas del cielo. El final es anunciado y yo poco temo, que de tantas mentiras la más cruel de todas resulte cierta, encarno la ironía y poco importa. Que descienda el fin y que todo estalle, que los cristales se repartan en los corazones traicioneros, atravesándolos. 

El césped alto del campo se estremece con el gran viento, las nubes blancas comienzan a aglomerarse, cual espectadoras sedientas. Esta noche no hay tormenta, y las luciérnagas danzan como todo el mundo al pie de la montaña, enajenados de felicidad. ¿Qué? ¿El destino me otorga la desesperación de la muerte inminente como merecido final?

Princesa sin nombre, princesa sin nombre, no hay principio sin final.-Canturrean extasiadas las hadas del bosque.

La luz cegadora desciende, tiene el sabor de mil rechazos, ingenuo aquel...¿Qué tiene la muerte de dulce? Duele casi tanto como la vida, y es que entre dolor y dolor no suele haber descanso...¿Quién nos ha engañado? Las campanas del pueblo resuenan y los gritos de júbilo se ahogan en un aliento, ellos contentos ni sienten las brasas, tampoco el miedo. En cambio bajo las ropas la piel arde, y el terror acecha como una bestia feroz tras los matorrales.

Princesa de ojos miel, no hay felicidad sin sufrimiento, no hay felicidad sin sufrimiento.

Puedo ver mi piel deshacerse en puro hueso, hasta que queda solo la agonía y el anhelo. No se diferencia de otros corazones rotos, uno muere muchas veces en vida sin saberlo. El dolor es mudo, porque es certero, y las cenizas descienden del cielo, donde ya no hay cometas ni estrellas fugaces. El silencio se hace presente, no hay danza ni festival. El manto del pesado sufrimiento va ascendiendo y el alma se aligera.

Princesa, sin luna ni estrella, no hay vida, si no hay primero muerte.

Un dócil lobo sale de entre los montes salvajes y coloca su cabeza en mi regazo, es albino y tiene ojos de luna, de plata y de muerte. Las luciérnagas alumbran tenuemente mientras la melodía de un suave piano se eleva. Algo arde, arde profundamente sobre el pecho, una gran piedra esmaltada brilla a modo de colgante, en ella reposan las luces de miles de meteoritos y estrellas.

Princesa, princesa, dista, dista ¿Verdad? Hay un gran sendero que separa la vida y la muerte
La luz y la penumbra,
La nieve y el sol,
Princesita, princesita, no seas ingenua,
La muerte albina reposa sobre tus rodillas,
y tu eres reina, reina consagrada
Princesita, princesita
No da lo mismo ser maestro que marioneta,
maldito el destino, y bendita la redención.
Aquí, tú eres principio y tú eres final,

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