Hija de la luna
Cuentan los acianos que hacia tiempo vivía en las montañas
una mujer realmente bella,
Que tejía y tejía un largo telar bajo el roble más anciano
del pueblo,
Era bella, con la piel pálida, un cabello plateado y unos
hermosos ojos ámbar, que emulaba al brillo de cientos de estrellas.
La luna gris se sentaba noche a noche a escuchar sus fábulas
y cuentos,
Mientras el viento chismoso les contaba a los prados de
flores, sobre sus extrañas conversaciones.
Y en el solsticio de invierno, cuando la luna menguaba, a la
muchacha se le deshojó el corazón en lágrimas,
La angustiada luna la miró comprensiva, mientras la
arrullaba en su cuarto como si fuera una cuna,
La soledad de la muchacha parecía deshacerse en esos brazos
de nieve, la calidez del abrazo le entregaba un amor materno que jamás había
experimentado,
Y en la cantina del pueblo, conversaba el malicioso
escudero, sobre los dones de bruja que la ambarina poseía,
Atónitos, los hombres del pueblo, escuchaban y asentían,
maldita, maldita bruja, ella tenía la culpa de todas las sequías,
Y mientras la doncella dormía bajo el roble, sobre un lecho
de lirios, los pueblerinos ardían y ardían, tanto como las antorchas que se
abrían ahora, paso hacia la montaña.
Cuando sus suaves pómulos sintieron el fuego abrasador ya
era tarde, el fuego la rodeaba y su piel pálida se había teñido de carbón,
Los gritos desgarradores despertaron de golpe a la luna, que
dormía ya en las alturas. Espantada reconoció el grito del bebe que había
salido de sus entrañas.
Y las lágrimas de la luna se volvieron rojas, y su ira
intranquilizó a mares, ríos y lagos. Los pájaros advertidos echaron en bandada el
vuelo.
Las carcajadas satisfechas del escudero y los demás borregos
se cortaron como el hilo de la vida.
Las olas inmensas, avanzaban, avanzaban y destruían,
arrancando el mal de la tierra y convirtiéndolo en puros huesos.
Y cuando el amanecer llegó, el mar ya se había retirado, la
aldea estaba arrasada, en su lugar había un amasijo de ceniza, madera y tierra.
Todo, todo lo que se podía contemplar en pie, era un viejo
roble, bajo el cual crecían y crecían cientos, miles de lirios.

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