Cálidez sin retorno
Yo vivo de
manera bastante incierta, aunque difícilmente me lo admita, mis excesivos
planes y exigencias solo ocultan mis profundos temores. El miedo que me produce
abrir los ojos una mañana y decidir que no me queda nada más por lo que vivir.
Miedo a dejar de buscarle razones al sin sentido, resignarme y rajarme las
venas.
Que nadie se confunda,
yo he aprendido a conocerme lo suficiente, mis letras ya no son llamados de
auxilio. Hace mucho que deje de esperar salvadores, no los quiero y tampoco los
necesito. Cada quien es libre de tomar sus propias decisiones.
Yo he dejado de
reprocharme lo inevitable, he convivido con el monstruo de la nostalgia y la
culpa durante mucho tiempo. Si continuo aquí es por terquedad más que por propia
voluntad, yo he dejado de contemplar la vida como una lucha inútil. He dejado
de rechazar los demonios que se alojan en mi cabeza, he comenzado a
comprenderlos, a entender que están ahí por una razón concreta, y que la
batalla no dará fin hasta que los perdone.
La niña
asustada que dormía en mi interior…he comenzado a mimarla, a comprender la
razón de sus extrañas visiones, de su innato sufrimiento, resulta que solo
necesitaba los brazos reconfortantes que le fueron negados. Los rincones han
dejado de cerrar mis heridas, yo he dejado de gritar tras la puerta del baño,
ya no quiero llamar la atención. Soy autosuficiente incluso en dolor, aunque
por ello haya tenido que pagar un alto precio, casi la mitad de mi alma.
No busco
felicidad entre los arboles del bosque, ni en los crepúsculos ni amaneceres,
todo lo que el tormento en mi cabeza busca es calma, paz, tranquilidad, lejanía.
No quiere restablecer lazos imposibles, no quiere más palabras de perdón, lo
que quiere es volar y dejar atrás todas las razones, aunque no pueda borrarse
las cicatrices.
Supongo que hasta que el día
llegue, viviré con el impulso en guardia, de hundirme en una calidez abrumadora,
de la que probablemente se me haga imposible regresar.

Comentarios
Publicar un comentario