Introspección a media noche
Mientras escribo estas líneas me parece estar viendo a una
niña con el mundo entero por descubrir, con pocas certezas, muchas preguntas,
pero grandes esperanzas. Esa niña, continua viva dentro de mí, quizás lo ha
estado todo este tiempo. Aunque haya intentado con bastante mala saña,
asesinarla y poner una flor de luto en su tumba. Suelo reiterar en mis
escritos, que hay malas costumbres que nunca prescriben, supongo que mentirme,
de frente y descaradamente es una de ellas.
Esa niña ambivalente continua viva y esa es la verdadera
razón de todos mis problemas. No poder asumir que la más plena indefensión y
vulnerabilidad continúan presentes, tras la pesada pared de hormigón que he
tardado años, a mi parecer, arduos siglos, en construir a mi alrededor.
Los
traumas son astutos monstruos, osaban mirarme en la oscuridad desde mi tierna
infancia, a forma de sombras, de gritos, de ojos multicolores en la penumbra.
Lo peor de todo comenzó cuando poco a poco dejaron de asecharme bajo cama o
tras el armario. Oh, lo peor vino realmente cuando comencé a reconocer que
estaban en mi mente.
No me he mentido, sin embargo, más de lo necesario o al
menos, he intentado ser honesta en los puntos más importantes. Nunca pretendí
matar cruelmente a esa niña, esta se vio forzada a crecer, a enfrentarse a
funestos monstruos que la superaban. Hasta que lentamente, noche tras noche, me
fui convirtiendo en esto, a base de pesadillas y sabanas desechas. La adultez
ha llegado a mí, y nunca he estado tan convencida de que continuo en batalla.
En el fondo, muy en el fondo, no soy tan mentirosa, ni tan fuerte, desde luego,
como me lo figuro.
Hace cosa de un mes comencé a notarlo, aunque todo, todo
haya comenzado muchísimo antes, es enfermizo comprender el poder del
subconsciente, la represión y el auto-flagelamiento. Nunca, hasta ahora, había
sentido tanta vergüenza de mí misma. La niña pequeña que aprendió a ser
valorada bajo tratas y falsas lecciones de amor, continua bajo mi piel,
indefensa, incapaz de romper las cadenas. Las pesadillas se han hecho más
frecuentes, la oscuridad continúa siendo una enemiga de armas tomar y “eso”
sigue presente en mis sueños.
Sin rostro, porque tiene varios, sin temor alguno,
impidiéndome salir de las cuatro paredes gastadas de mi cuarto. Pero sí hay en
todo esto algo de consuelo es que; nunca desiste, nunca me rindo, hay
resistencia y nunca gana. Quizás las funestas pesadillas son un modo de abordar
mi cobardía, de enfrentarme al monstruo y de liberarme, a mí misma y lo bueno
que queda, de la niña que ha hecho de mí, lo que soy.
La oscuridad es profunda y reinante: ya no me asusta, he
aprendido a vivir con ella y es ahí talvez donde reside el error grave: no hay
paz, continuo en lucha conmigo misma, y eso señores no es fortaleza, vivo en un
constante estado de guerra. Que agotador resulta y que cerca me tiene de
apretar el gatillo, lanzarme del puente o de irme, sea lo que sea que aquello
implique.

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