Descenso hacia el pecado


La luna llena cubre con su reflejo la superficie del lago y en tu espalda se dibujan suavemente las líneas de la hoguera; que arde en tu piel, que arde en tus ojos. Y luzco posiblemente estupefacto e inexperto. Cegado por tu ingenuidad y valentía. Nadie, nunca está preparado para cuando las preguntas pierden todas sus respuestas.

Bajo el manto de estrellas tus ojos canela, me miran intuitivos, sabios, conocedores de todo bien, de todo mal, pero tan ajenos al debate, tan lejanos a la traición, de los falsos anhelos. Y tu cabello desciende lento hacia tu cintura semidesnuda, si existe cierto dios en los cielos que me libre de caer en tu hechizo perpetuo.

La arena suave se desliza por tus hombros y me invade el miedo, oculto hasta entonces, se enrosca como una pitón, acentuando el nudo en mi cuello. Sé que estoy preso, bendecido y maldito. Tus labios saben a miel, pero son tan amargos e intensos, el reproche a plazos está prescrito en ellos.

Estoy perdido, he incinerado previamente todos los mapas y brújulas, si vamos a pecar, es supuesto hacerlo en grande. Y es que, en este mundo cruel y mezquino, el amor es la mayor de las ofensas.  Así que cuando tu cintura se apega lentamente a la mía y tu mirada me revela mil pasajes ocultos, lo sé: no hay vuelta atrás.


Ascendamos juntos al paraíso, aunque eso implique, que tarde o temprano, nuestro desafío nos haga conocer el infierno.

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