En la oscuridad- Primera parte
Aquella mañana de verano el sol refulgía intensamente, el reloj digital marcaba las siete. El calor comenzaba a pegarse en la piel y la fatiga de la mala noche se hacía presente. No obstante, cuando tienes diez años y la aventura o el peligro, que bien son lo mismo, tocan tu puerta, poco a nada importan trivialidades como aquella. El grupo de muchachos que caminaba en fila india con un pastor alemán a los lados opinaba de la misma manera.
Los arboles cubrían el camino, dónde pequeñas casas se apostaban alrededor de una calle ancha y larga, talvez la más larga de aquel pequeño pueblo. Jaime, el único chico del grupo charlaba como una cotorra, asumiendo su papel de Indiana Jones con empeño. La decisión de bajar a las alcantarillas, por supuesto había sido totalmente suya, no era la primera vez que lo hacía… ¿Qué problemas podían surgir? La ingenuidad es cara.
- ¿Estás seguro de conocer el camino? -infirió una pequeña de ojos candela, tez parda y cabello castaño. – Claro que quiero saber de dónde provienen los ruidos, pero...-la voz de Laura se entrecortó. En su estómago sentía miles de hormigas extasiadas, una sincera curiosidad clamaba en su subconsciente desde hacía una semana…justo cuándo todo comenzó.
Las tardes de agosto se caracterizaban por ser amenas y cálidas, como todos los días a las seis. Laura, Gabriela y Rocky, primas hermanas y un pastor alemán, descendían por las escaleras del portal 169 situado en la avenida Barcelona. Tras pensar todo el día en todos los parques de la zona, se decidieron por el que quedaba situado dos cuadras más arriba de los supermercados Aldí e Intermarché. Era amplio, rodeado de vallas de madera, cuatro toboganes, columpios e inmensos árboles… ¿Qué más puede pedir un niño, con todo el tiempo libre del mundo en verano?
Sin embargo, cuando ya habían llegado luego de una extenuante caminata de quince minutos, cerca del gran árbol donde se encontraban descansado, un olor fétido y penetrante comenzaba a llegarles.
-Egh…huele a mierda-dijo Gabriela, de doce años, a la más pequeña. – No es normal que un lugar público y lleno de críos huela de est…- el discurso se corta a la mitad y es que, los olores curiosos pasaban ligeramente inadvertidos, pero el fuerte gruñido que parecía venir del ala este del parque no lo lograba.
Sin mediar palabra, sin que Gabriela pudiera notarlo, Laura en su casual afán de meterse en problemas ya caminaba con la cadena del perro sujeta a la mano derecha hacia el epicentro del ruido. Aunque la sangre se le helara en rincones innombrables, difícilmente encontraría razones para detenerla. Ante lo inevitable decidió seguirla, cuando llegaron al borde de la valla de madera divisaron el abismo. Perplejas, observaron la imponente construcción de piedra y el inmenso agujero negro que descendía hacia el infinito.
La putrefacción, el olor de agua estancada les chocó de frente, al igual que las hoscas y acarameladas carcajadas. Los ojos candela de Laura ardían de fascinación.
-De ahí…provienen los ruidos…los olores. -Aquella misma noche al llegar a casa, ambas corrieron hacia el extremo del condominio, tocaron insistentemente los timbres de Jaime y Nathaly. Una sola reunión y la expedición había sido zanjada.
Y allí se encontraban aquel día lunes bajo el calor de un sol abrasador, pasada una semana, rumbo hacia el misterio. La niñez tiene ese sutil encanto, puede el miedo asecharte y pretender matarte, pero la predisposición a hacerle frente y cuestionarlo parece ser innata.
Cuando llegaron el parque estaba vacío, libre de padres entrometidos que pudieran frenar sus pasos. Con sumo esfuerzo bajaron primero los más pequeños, en orden alfabético; Jaime, Laura y Nathaly.
La idea inicial era que Gabriela, al ser mayor y, por lo tanto, supuestamente más fuerte pasara al perro para que unos a uno pudieran bajarlo sin obligarle a descender por las paredes de roca. No obstante, ante la negativa del pastor, todos, especialmente Gabriela, decidieron resignarse. Cuando se lleva recorrido por el sendero de la vida poco más de un lustro, las advertencias del destino suelen pasar desapercibidas.
-Baja la calle, camina hacia el parque de los columpios amarillos y vigila la tapa de alcantarilla que se encuentra entre las flores de manzanilla. -sentenció Jaime- No queremos policías, ni tundas en la intimidad de nuestros hogares- volvió a reafirmar con las manos en los bolsillos del pantalón Jean.
Dio la vuelta encabezando la expedición, al frente, sin perder la vista, sacando por fin la linterna que llevaba en la pequeña mochila gris que guindaba de sus hombros.
-Gaby… espéranos, pase lo que pase…-murmuró Laura mientras miraba de reojo al semblante preocupado de su prima. Llevaba desde los cinco años viviendo con ella y aunque mucho le faltara por vivir, a pesar de que todos decían que era hija única, sabía de lejos que tenía una hermana incondicional.
Al ver que sus pasos se perdían en la oscuridad, Gabriela tiró suavemente de la cadena del perro. -Vamos Rocko, hay que darse pri…-un escalofrío le recorrió la espina dorsal, la espalda del animal estaba completamente erizada, los colmillos sobresalían en un amenazador gruñido.
Cuando el primer ladrido desgarró el cielo, la muchacha pudo verlo…unos enormes ojos verdosos los miraban desde la oscuridad. Antes de que el grito le recorriera la garganta pudo observar una amplia sonrisa que dejaba vislumbrar unos colmillos amenazadores.
-¡LAURAAAAAAAAAAAAA!- el nombre su prima resonó por todo el parque vacío. No había rastro ni de ellos, ni de los ojos verdosos. Entonces, una voz risueña se coló en su mente:
Gaby… espéranos, pase lo que pase…

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