En la oscuridad - Segunda parte



En la oscuridad, los pasos resonaban certeros, el palpitar del agua que corría relajada por el canal se asemejaba en aquel túnel de dos metros de ancho, al caudal del Orinoco. Los tres niños avanzaban lentamente con los pies en pequeñas veredas de cemento que los respaldaban del agua.

El ambiente era fresco, casi idílico en aquellos días donde la temperatura roza los cuarenta grados. La humedad sin embargo no invitaba al optimismo, se pegaba mohosa a cada poro de su piel. Y mientras las cucarachas recorrían curiosas las paredes de concreto ante la visita de aquellos desconocidos, los tres muchachos tenían la sospecha de que el miedo reptaba en forma de basilisco tras ellos. Aunque nadie, desde luego, lo mencionó.

Desde la superficie un ruido, hosco, profundo llegaba. El alcantarillado se hallaba bajo las carreteras principales, que hacían de nexo con pueblos aledaños de Tarragona. La linterna de Jaime alumbraba el camino por delante, la luz natural no tenía ni un escajo, ni un milímetro de espacio.

Fue entonces cuando el suave reptar de alguien ajeno a la camada se hizo real. Nathaly, última integrante de la fila india, tiró bruscamente de Laura.
- ¡Se mueve! ¡Se mueve chicos! Alguien viene detrás de…-El ruido poco a poco se hizo suave, casi inexistente. - ¿Qué? Hace un seg…
- ¡No seas gallina! ¡Tranquilízate o harás que me pierda!  Si yo me pierdo…todos...solo cállate. – replicó Jaime desde la cabecera, aunque tenía toda la certeza de haber escuchado el reptar, aunque el túnel se había vuelto tres veces más largo, aunque el reloj digital fluorescente marcaba las siete y cincuenta, aunque llevaban 25 minutos de sobra en ese lugar.

Laura se sentía fatigada, las paranoias momentáneas de sus compañeros le estaban comiendo el coco. Mas en el fondo, aquello que profundamente le perturbaba era el recuerdo vivo del sueño de la noche pasada. Donde despertaba en su habitación de cortinas blancas, en la gran cama de dos plazas gritando exacerbada ante la gran mano peluda que surgía desde la pared. Sus sueños siempre eran lucidos. Sabía que estaba dormida, aunque ello implicara que, a su vez, tuviera pleno conocimiento de su indefensión. Una cosa más particular y escabrosa le preocupaba acerca de su manifestación onírica; estas, solían cumplirse. Cuando todos estos tóxicos pensamientos le quebraban la mente la luz y el calor comenzaban a dejarse sentir, a pocos metros la bifurcación entre cinco túneles mucho más reducidos era visible desde su distancia.
Escuchó a Jaime suspirar aliviado…

- ¡Lo he hech…! Quiero decir, ¡Lo hemos logrado chicas! ¡Lo hem…! -el agudo “Crack” que provenía de sus zapatos número treinta y tres llamo su atención. Un viscoso material blanco se dejaba ver a través de la luz que llegaba de la rendija de la carretera. -  Es una araña-mencionó en seco. Alzó la vista, observando petrificado como cientos de arañas del tamaño de su puño descendían lentamente de los cinco túneles que conducían a las alcantarillas.


- Ja…Jai…Jaime, por favor gira sin hacer un escándalo, volvamos por el túnel grande. -recitó decididamente la voz de Laura. – Vamos, lentamente Jaime, agarra mi camisa. Nathaly estás en la cabecera, no grites, no quieres tener un ciento de arañas cabreadas subiendo por tu espalda… ¿No? Bien…-La muchacha estaba a punto de continuar con sus directrices, cuando sus temores infundados comenzaron a recrearse.

La linterna de Jaime alumbraba el gran túnel de donde una mano gigante y peluda sobresalía de la oscuridad. Cuando los ojos verdes se asomaron dándoles la bienvenida, sus gritos no se hicieron esperar. Todos, excepto los de Laura que había conjurado su destino.

- ¡Laura! ¡Laura! ¡Jaime! ¡Nathaly! ¡Salgan ahora mismo de ahí! ¡YA!-La voz de Gabriela llegaba paranoica desde la salida, los ladridos furiosos del perro no se hicieron de esperar.

Tal como en sus sueños lucidos, la pequeña Laura tomó las manos de sus acompañantes y corrió. Los ojos verdes que la miraban desde la oscuridad comenzaban a definirse, dejando entrever una nariz afilada, un rostro resquebrajado consumido por las llamas. Un cuerpo deforme, escondiendo bajo su apariencia la bestia más temerosa de todas: el ser humano. Las arañas se amontonaban amenazadoras…pero el resplandor se sentía tan cálido…


- ¡La cadena Gabriela! ¡Pasa la cadena ahora!
Los tres se abrían paso aplastando las arañas que surgían a millares, la distancia comenzaba a acortarse entre ellos y la salida. Mas igualmente los pasos del ser que los perseguía también lo estaban haciendo. Cuando la cadena del perro estuvo en las manos de Jaime, la muchacha empujó fríamente a sus amigos hacia el túnel del medio.


      -Pasen…yo me quedo ganando tiempo. Cuando haya terminado tomen mi mano. ¡Yo sé lo que hago capullos! -exclamó finalmente ante la mirada desencajada que estaban lanzándole todos.
     -Niña mala-siseó dulcemente la voz. - ¿Por qué quieres que se vayan tus amiguitos? – El sombrío rostro se volvía traslucido en la luz. - ¿Vas a quedarte tu sola con la diversión? ¿Tanta ansia tienes de jugar conmigo pequeña? – A medida que el ser avanzaba su sonrisa se ensanchaba lenta, meticulosamente. - ¡Estoy tan emocionado! Te he visitado durante tiempo noche a noche…Ya era hora, sí. – Los ojos verdes encarnaron excitación- Era la hora, hora, de ¡Presentarnos! -su voz había adquirido un tono grotesco.

La piel de Laura comenzó a arder, a quemar, un hilo de sangre comenzó a recorrer el camino desde el codo a la muñeca. Los cortes no dejaban de aparecer, uno tras otro. Las hileras de sangre comenzaron a recorrer las curvas de sus muslos tiñendo el pirata de rojo. No podía gritar. Las imágenes que su mente evocaban la mantenían muda, ciega de dolor. Su cuerpo sangraba, por dónde había huellas, su cuerpo sangraba y cómo de costumbre comprendía que la manifestación de sus pesadillas no eran nadas comparadas a la realidad.

-Dime… ¿Lo ves? El mundo es cruel y lascivo Laurita…ven, ven conmigo yo puedo consolarte…yo sé que mi aspecto no te espanta…hay humanos con rostros comunes que esconden bajo su piel peores intenciones que las mías…-La mano hosca acarició sus pómulos, logrando que ante la estupefacción de sus amigos la pequeña Laura comenzara a derramar lágrimas negras…marcando el surco de sus mejillas de sangre coagulada.

Entonces el mundo se borró, en el centello de aquellos ojos verdes sólo había visto lo que temía desde que las pesadillas comenzaron a visitarla: ante ciertas verdades inminentes que ligera y que cálida se siente la muerte.

Inconsciente su largo cabello yacía esparcido en la tierra, el rastro de sangre que dejaba su cuerpo al ser arrastrado lentamente hacia la oscuridad era grotesco. Sus ojos candela estaban abiertos de par en par, fijados en el cielo azul, en las nubes abultadas, en la extensión de los cables del alumbrado. Su rostro infantil estaba maldito.

El sudor se adhería pegajosamente a su piel, el calor del verano se sentía con creces. Aquella noche de agosto los grillos cantaban levemente luego de la estruendosa tormenta de verano que acababa de caer. La respiración de Gabriela se tornó inconsistente, su ritmo cardíaco aumento hasta que la yugular quiso reventarle el pecho. Se levantó entre gritos, la cabeza le palpitaba fieramente. Dolía, pero no podía recordar nada…ninguno de ellos pudo hacerlo luego de aquel fatídico día, hacía ya diez años.
Y entonces cómo cada noche…cuando se levantó mareada en busca del interruptor de la luz del baño y suave voz infantil canturreó junto a su oreja…

Espérame Gaby, pase lo que pase


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