Tambores de guerra
Aquel día amaneció gris, las nubes negras se arromolinaban sobre el edificio, y el viento se colaba por las rendijas de aquella ventana. Me encontraba con las pupilas dilatadas, con la cabeza hecha un desastre y con un dolor añadido y persistente en los riñones. Me estaba mordiendo el labio con saña, con insistencia, quería arrancarme la ansiedad a como diera lugar. Me encontraba nerviosa, como si uno de mis antiguos sueños estuviera a punto de hacerse realidad. Como si aquel momento lo hubiese ya vivido, como si conociera todas las respuestas... no me equivoqué, así era.
Cuando llegué al gran hospital y me dirigí a la puerta 12 situada en el pasillo número 6, ya casi podía sentirla materializada. Cuando el doctor me pregunto las razones, se las dí sin tapujos, aceleradamente, sin contenerme, 21 años de sufrimiento parecían haber encontrado el camino de huida despejado, libre de sombras.
El diagnóstico de aquella consulta me aclaró el panorama y me desnudó los miedos, cuando dije adios y cerre la puerta, caminaba de la mano con dos grandes lobos. Uno albino y el otro ceniza, los tambores de guerra sonaban tras de mi, se habían acabado las treguas.

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