Argumentando al absurdo




Cuando era vivaracha, preguntona e ingenua solía dormir todas las noches con grandes certezas bajo mi almohada. Que la luna me perseguía en las noches cuando caminaba, que el sol saldría si le cantaba. Que existía un Dios que todo lo podía y que todas las respuestas del mundo las tenían las palabras sabías de mi padre. Yo soñaba, creía y quería. Aún no tenía noción del paso del tiempo y las estrellas continuaban todas en el firmamento, aún no me sentía sola, aún no había decidido ponerles nombre.



El prefacio de mi bello cuento, obviamente tiene final, después de todo, nada en esta vida se ha construido para durar. Y las certezas se fueron descartando una a una, todo sucedió cuando atravesé la puerta de salida de mi hogar. Nunca he sido capaz de retornar, pero esa lucha tuvo fecha de caducidad. Cuando mis ojos comenzaron a abrirse y mis pupilas se dilataron comprendí que las tonalidades rosas son un espejismo. Mi camino, siempre ha estado plagado de grises. No entendía, pero quería mantener la fe, así que decidí sentarme en el portal de aquella mansión abandonada. Anonadada cada día a las cuatro de la tarde contemplaba el crepúsculo, aquellos momentos arrasaron con mis quince años. No importaba cuan oscura fuera la noche, las estrellas con rostro y nombre mantenían mi suerte de autoengaño.

La soledad comenzó a conversar conmigo, de manera silenciosa llegamos a un acuerdo. En mayo de mis 16 años aquella mentira finalizó.



El túnel era oscuro, pero supongo que no me sorprendió demasiado, mis pesadillas me lo habían anunciado previamente. El infierno vive en la tierra y los demonios tienen rostro humano. Dios había decidido maldecirme, en cierta medida como a todos. Las palabras sabias se habían deshecho y se habían tornado tan estrictas como intransigentes. La tierra era redonda y a la luna le era más que irrelevante mi existencia. La muerte me había besado la piel y se había paseado por mi garganta más de una vez. El hastío, el absurdo y el desespero por encontrar respuestas se convirtieron en mi nuevo estandarte.



Ni todos los pasos dados, con o sentido o no, ni todos los cuestionamientos innecesarios…ni esos exhaustivos insomnios, esas noches enteras frente a la blanca pared… ¡No ha servido de nada! No hay razones válidas, todos mis argumentos acaban de ser desalojados, el desván de mi subconsciente ha quedado vacío.  

Fue una noche clara, en la que esa luna sin intenciones me observaba, recostada sobre la baranda del balcón que da vista a una lúgubre ciudad, que pude comprender: no había razones lo suficientemente válidas que pudieran explicar el estigma, el sufrimiento y el abandono.

Aquel descubrimiento me recorrió la espina dorsal y erizó toda mi piel, apague el cigarrillo que usaba para quemar mis ansiedades en el cenicero. Una sonrisa sincera, libre de cinismo me ensanchó los hoyuelos.



“Quiero estar aquí, que importa si no hay sentido ni razones, yo válido mi propia existencia, me rebelo ante el castigo y desde ahora, decido disfrutar aquí y ahora de el.”

Comentarios

Entradas populares