David Martín: Rebelión contra el absurdo




Si algo me caracteriza como ser vivo, es el deseo de refugiarme en mis páginas favoritas, reencontrarme con aquellos personajes que se han robado una parte de mi. Es un mecanismo de defensa que se activa inconscientemente cada vez que este mundo se me antoja miserable. En esos rincones y esquinas, en esas palabras pérdidas que no me pertenecen, suelo sentarme, cerrar las persianas y dejarme llevar por el ensueño. Debo reconocer, sin embargo, que existe un personaje con el que tuve un primer encuentro en mi adolescencia y nunca he podido soltar; este es David Martín. Nacido de la pluma de Carlos Ruíz Zafón en la tetralogía que engloba el escenario del cementerio de los libros olvidados. La semana pasada decidí zambullirme en el libro que nos narra su particular y triste historia: El juego del ángel.

David es el resultado de un embarazo no deseado, hijo de una madre que lo abandonó y de un veterano de guerra violento y analfabeto que fue acribillado frente a sus ojos cuando todavía era un niño. Es decir, es un hombre cuya formación está enmarcada en la sensación de abandono, la soledad comienza a hacerle compañía antes de que se  le lleguen a caer todos los dientes de leche. No obstante, en esta penumbra, a pesar de las limitaciones, el maltrato y el abandono David suele creer aunque sea esquivamente que aún la vida le depara "Grandes Esperanzas". Estas esperanzas logran encarnarse a tráves de la obra de Dickens, del mismo nombre: el quiere ser escritor. No solo quiere, David tiene talento, no es un iluminado, es un desheredado que ha sudado arduo para pulirlo y ganarse un par de pesetas a cambio.

Su despunte llega con 17 años, cuando logra públicar en "La voz de la Industria" una historia de corte policial que le arroja unos calderillos con los que puede pagar una pensión de mala muerte. Ahí, en ese cuchitril en compañía de el arma de guerra de su padre y del anhelo de Cristina pasa sus días. Cristina es la hija del chófer de Don Pedro Vidal. Excelentísimo burgues de cuarta, al que David y medio mundo le deben la vida. Por estas cosas del privilegio, la desigualdad y la opresión. 

Cuando recibe por lo tanto la oferta de escribir una novela bajo el pseudonimo Ingatius B Samson, acepta sin pensarlo, pobre iluso. David comienza a entregarle su vida, tiempo y salud con completa devoción a una historia que no le hace feliz. Los dolores de cabeza, las largas jornadas, las poquísimas horas de sueño, el silbido en el oído, las tremendas jarras de café y los atracos a la farmacia de la esquina acaban por devorarle: David tiene un tumor en el cerebro, a David le queda apenas un año y medio de vida. Pronto, muy pronto, no solo no podrá escribir, ni siquiera podrá pensar en escribir. 

Es entonces, cuando en un último intento de rescatarse así mismo, de mantener pegadas todas las piezas rotas, David decide escribir su propia novela, mientras en secreto, pule día tras día la de su mentor: Pedro Vidal, a quién ni el patrimonio ni los halagos lograban despegarle del absurdo que suponía su vida, y del irónico sufrimiento que le causaba contemplar como David, en toda su miseria, era quien realmente poseía ese talento. Sus intentos, como casi todo lo que anhlaba Martín, se van por el borde. Su mentor se casa con la mujer de la cual está enamorado. Incluso su madre tira su obra maestra a la basura y su eterno protector le rebela que las balas que recibió su padre durante aquel invierno borroso iban dirigidas a el: por lios de faldas. Creo que estos sucesos logran retratar el grado de abandono, soledad, desolación y dolor que azotan la existencia de David. Es aquí cuando aparecen en su vida dos personajes determinantes: Isabella Giaspert y Andreas Corelli. Ambos representan en la vida de David la eterna disyuntiva entre conservar sus grandes esperanzas o darlas por perdidas.

La lucha de David es entorno así mismo, consigo mismo y después con el mundo entero. Su alma es un alma descompuesta, rota, desolada, carne para ratas de vertedero. Pero en todo este absurdo, en toda esa infelicidad palpable y esta miseria, David, logra rebelarse. Como menciona el mismo en algunos de los pasajes del libro, se mantiene en pie, vivo, por que le gusta llevar la contraria y tocar las narices. Este escritor sobre el que parecen haber conjurado alguna maldición desde la cuna, es la perfecta representación del desafío sobre lo imperante, sobre el sufrimiento que simboliza en sí mismo la vida. La subtrama religiosa que se tiende entorno a las aventuras de David, son ejemplo de esto. David no comprende su propósito, se encuentra solo en el mundo, abandonado, traicionado y a punto de morir con 28 años. Y aún a pesar de lo que supone, decide vivir. 

Su enfrentamiento con la oscuridad que representa Corelli demuestra que aún no se ha decidido a quemar todos los puentes que le unen al mundo. Que aunque crea firme y fielmente que nada bueno puede cruzarlos, decide mantener en pie, siempre, hasta la última página, hasta la última vez que se sabe de el en la saga, sus "Grandes esperanzas". Da igual que arrastre la maldición hasta la tumba, David es un personaje que se rie de los dioses que le han impuesto ese castigo, y es ahí donde precisamente reside su belleza.  Tal vez por eso nunca podré soltar a David, quizás por eso busque refugiarme en las páginas del libro cada vez que el mundo se me torna insoportable. Reencontrarme con esta historia siempre me devuelve el impetú necesario para rebelarme contra la miseria emocional que representa para mí, mi propia vida. Para rebelarme contra los dioses, su castigo y el destino que se les haya antojado ponerme de frente.

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