Prólogo
Cuando era pequeña, tenía la noción de que
todo cuanto ocurría a mi alrededor era bueno, que aunque tal vez algunos días
fueran un completo muermo, todo cuanto acontecía en realidad era perfecto.
Buenos amigos, largas horas de juegos, risas y peleas memorables en la plaza
del barrio, ferias y festivales de libros en donde siempre contaban cuentos
populares, carnaval, la castañada, Halloween, y la fiesta de final de curso que
acontecía cada final de año escolar. Todo en aquel entonces era perfecto, sin
duda alguna, no había resentimiento alguno en mi interior, todo cuanto hacía y
decía era honesto, creo no equivocarme tampoco, que a aquella edad, quienes me
rodeaban eran y pensaban igual.
Muchas veces, ahora que el tiempo ha pasado
irremediablemente rápido, vuelvo a aquellos instantes de perfección y para ser
honesta, no entiendo el sentimiento que me provocan, es una mezcla extraña de
nostalgia, rabia y resignación. La vida de aquel entonces, mi yo de aquel
entonces… jamás imagine ni en la más loca de las alucinaciones que,
desgraciadamente se acabarían convirtiendo en esto. Sé perfectamente que si la
niña pequeña 10 años que algún día fui me viera, me repudiaría.
A día de hoy las pasillos por los que
constantemente camino han tomado una
tonalidad grisácea, quienes me rodean, ya no son más niños felices e inocentes,
son al igual que yo, adolescentes que cargan de vez en cuándo con recuerdos
dolorosos, errores comunes, traumas y fobias no superados. Es un poco irónico,
y sinceramente bastante triste, puedes ojear un álbum y observar que años atrás
aquellos niños tan vivaces se creerían incapaces de convertirse en suicidas,
drogadictos, alcohólicos, o trastornados. Yo también crecí de aquel modo,
ingenuamente creía que era un ser superpoderoso, que la exageración de los
adultos y su afán de complicarse la vida, era tan solo un cliché que se
adquiría tontamente con la edad. Definitivamente al pasar el tiempo comprendí
que la vida, no estaba pintada únicamente de tonalidades rosas, que muchas
veces era amarga, amarga y tóxica, que más de un par de ocasiones se me
presentarán para querer terminar con ella…No obstante a pesar de lo aterrador y
desesperanzador que suena todo cuanto escribo, comprendí que la vida con sus
matices pesados, con sus tonalidades oscuras, con sus paisajes áridos, es sin
duda, es aun así, una gran bendición, un gran milagro, un viaje digno de
recorrerse hasta el final. Creo que es indispensable comprender dos cosas si se
quiere vivir plenamente, si se quiere
vivir para causas que valen la pena: El mundo es un lugar espantoso, no
obstante, todo cambio, por pequeño que sea, toda iniciativa por tonta que
suene, vale la pena. No tiene nada de malo vivir a contracorriente, no tiene
nada de malo darle sentido a nuestra existencia. Así son las cosas y aunque jamás
logremos cambiarlas, ya es un mérito intentarlo hasta el último suspiro.
La felicidad es un cuento efímero, nunca está
completa, está hecha al final del camino de recuerdos, de enseñanzas, de
nuestros pasos, sean correctos o errados, la felicidad tan añorada y peleada,
no es nada más que nuestra propia esencia, nuestra propia historia, señores, no
creo equivocarme cuando afirmo que la felicidad es el éxito o el fracaso con el
que llevamos nuestra propia vida.
Hoy años después, aunque mi infancia y mi inocencia
hayan quedado muy atrás, y a pesar de lo mucho que la propia vida me ha
endurecido por dentro y por fuera, puedo concluir que a pesar de toda la
imperfección que poseo como ser humano, he librado batallas duras, he combatido
con pesadillas oscuras del pasado, he aceptado la soledad como una amable
compañera, he aprendido a vencer a mis más fieles acosadores, y sobreponerme
aunque me quiebren el alma las desgracias y ausencias. Esto señores, es un
pedazo enorme de mí, soy yo, es mi historia, es mi persona, total y
completamente desnuda en cada letra, en cada punto, y en cada coma.

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