Adiós mejor amiga
Ella era una de esas personas que se asemejan a un completo milagro, una de esas chicas que no temen ser diferentes, distantes, dispersas, desiguales. La belleza tiene un sinfín de formas e interpretaciones, de hecho el concepto de la misma solo se haya en los ojos de quien la mira.
Cada vez que veía sus cabellos bailar al son del viento, cada vez que ella me miraba y sonreía, cada vez que el humo del cigarrillo se deslizaba travieso por las comisuras de sus labios, lo sentía. El amor no se haya tras las más inesperadas y dramáticas confesiones, el silencio, también puede resguardar un amor infinito, un amor que demuestra y no habla, que calla seguro, que no necesita de convicción alguna.
Laura era mi mejor amiga, teníamos por aquella época apenas 17 años, la vida había transcurrido lento, los años devoraban sin piedad nuestra inocencia, nos conocíamos desde que una tarde lluviosa en la que nos hicimos amigos en el parque que quedaba a pocas cuadras de la escuela. Yo la amaba, y aunque jamás me hubiera atrevido a decírselo, ella lo sabía, tenía tanta conciencia de ello, cómo de saber que jamás podría corresponderme.
Yo era un chico tímido, reacio, poco sociable, un chico demasiado centrado en todo aquello que a los demás les importaba un carajo, no obstante a su lado, siempre, me sentía superior, capaz de volar, capaz de ser todo aquello que mis miedos me impedían ser.
Muchas veces tomé su mano, cientos de veces rocé sus labios contra los míos, algunas noches entre razones infundadas, entre el seductor aliento del vodka, entre los mil demonios y miedos que se deshinibian gustosos, sucedía, nos perdíamos entre sábanas, sudor y lágrimas. Cuándo llegaba la mañana ella se apartaba, me rehuía, sabía cuánto se repudiaba a sí misma, por ser incapaz de amarme, por ser incapaz de renunciar a mí, por negarse a dejarme libre. Y yo me resignaba, por ingenuo, o quizás, un término mejor empleado sería, por masoquista convencido.
La universidad llegó, los amigos tomaron distintos caminos, el olvido comenzó a hacer acto de presencia, y a pesar de todo ello la vida no se detuvo, siguió, como de costumbre, como sucede siempre.
Me dirigí hacía la cocina y preparé un café amargo, uno de aquellos que menosprecian la amargura del vivir, y me senté en el escritorio, comencé a revisar la correspondencia, mis hombros se desinflaron al corroborar que tanto el banco, como las facturas del hogar me enviaban su sincero recuerdo y cariño. Una carta color marfil destacaba entre todas, tenía mi nombre bordado en letras doradas, cuando ví el contenido mis manos comenzaron a temblar, y sentí el impulso de volver a llorar como un niño pequeño, una estaca de recuerdos agridulces se abría paso en mi interior, abriendo viejas heridas.
Hoy fue el gran día, sus cabellos oscuros como el azabache estaban recogidos en un elegante peinado, el innecesario maquillaje resaltaba sus rasgos de alegría, el vestido de color blanco delineaba su cuerpo. Cuándo la ceremonia hubo finalizado y pudo observarme con detenimiento, sentí por unos instantes que aquella niña de 17 años se asomaban tras esas ventanas, entonces lo supe, aquel día me había despedido para siempre de mi mejor amiga, de mi primer amor.
Aquella noche, luego de que los novios partieran hacia su luna de miel en aquella lujosa limusina, un sentimiento de increíble desolación me invadió. Andrea se deshizo de su ropa, también intentó, deshacerse de mis miedos, de mi mirada de dolor, me consoló como solo ella sabía hacerlo. Cuándo el silencio de la madrugada inundó por completo la habitación, cuando la lluvia comenzó a deslizarse sobre la ventana, tuve la certeza de que, aunque amaba a la criatura que reposaba encima mío, solo se ama, sin miedo a nada, sin causas, sin razones, y sin consecuencias una sola vez en la vida.
Aquella madrugada entre un llanto silencioso y profundamente vergonzoso, dejé marchar al muchacho de 17 años que había perdido el juicio por Laura. Perdí una parte de mi mismo, que a pesar de los daños, estoy más que seguro, no debe, ni puede, ser recuperada.

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