Carta



La desolación y la desesperación constituyen la consistencia del aire denso que respiro, un aire líquido que llena mis pulmones de desesperación y dolor de sombras, de recuerdos perdidos que se arrastran como fantasmas sin paz alguna a través de la senda de mis inestables pasillos mentales, de mi pasado incompleto, de una realidad que agría mi sabor de boca, que airea mis remordimientos. Y es que, noche a noche, cuando me reencuentro con mis peores miedos, con mis más funestos errores, con mis mayores enemigos, siento que lo logró, que finalmente la demencia y las promesas incumplidas me arrastran hasta la más profunda de las demencias, cuando finalmente creo, cuando finalmente ruego entre suspiros entrecortados que el dolor y la realidad cesen...es entonces cuando tu mirada esculpida de inocencia, tu sonrisa enmarcada en el rostro de un ángel pulcro vuelven a mi, dándome, cientas de nuevas razones, razones que me impulsan a vivir y miles que invitan en desespero a una muerte que nunca llega, que se ensaña conmigo, que es incapaz de traerte de vuelta o llevarme contigo.

La soledad es sin duda un precio alto a pagar por todos mis errores, y es que, poco me importa no haber sido yo quien tomó las elecciones de tan cruel destino, mi alma poco a poco se cubrió de negrura y desesperación, mi indecisión, mi cobardía, fueron razones de peso, fueron las verdaderas razones de tu perdida. 

Que ingenuos todos ellos amor mío, quienes creyeron que regalarme una vida sin ti repararía las piezas rotas que se esparcieron aquella mañana en la estación de Francia, ingenuo aquellos que de tanto amarme me condenaron a palpar un infierno en vida. 

Y es que ¿Qué sentido tiene ya la vida? ¿En qué espejo puedo hallarme nuevamente? ¿En qué tiempo permanece estancada mi alma de niño? Dime, ¿Cómo puedo armar de nuevo todas aquellas piezas de mi que son más que tú?

Las noches son vacías ,el tiempo es un asesino cruel y lento, cientos de veces mientras yazco en el frío suelo de esta oscura y húmeda cripta, las inclemencias del tiempo, la fría nieve que llora apacible tras la oscuridad de los vidrios, o cuando las tormentas azotan y los rayos refulgen, siento esta casa más viva que nunca. Y entre lagrimas calidas, entre lágrimas de nostalgia, tu rastro se dibuja tras un suelo que parece tomar nuevamente vida, tu figura se desvela entre la niebla de esta mansión maldita que guarda nuestra inocencia perdida, y vuelves a mí, que alguien me explique en que consiste este regalo y esta maldición de la vida, de saberte de vuelta, pero ajena, pero ya no mía. 

Tus ojos se llenan de ternura infinita, mi pecho se encoje, y los latidos de mi casi inhumano corazón se relentizan, como gozosos, como ansiosos de hallar la paz que en esta vida solo tu proveías.  Tu gélida mano se desliza por mis ásperas mejillas, el hermoso niño que sostienes en tu regazo me mira y en esos instantes arrancados del tiempo, en esos momentos de indescifrable dolor y dicha, siento que la vida en su cruel intento de regalarme efímeramente  vuestra compañía, le da sentido y esculpe todo aquello que el monstruo del resentimiento que vive dentro de mi ha destruído.

El amor es una cruel condena, es un cruel contrato sellado a sangre y fuego, amor mío, tu recuerdo es la prueba viviente de ello, que condena tan escabrosa, que sabor tan agridulce me deja noche a noche una aplastante realidad, que evapora  tu silueta y apaga la armoniosa luz que nos acompaña con la melodía de tan antiguo piano, que cruel la realidad que me sentencia cada amanecer a verte partir, a sentirte lejos y perdida como aquel invierno de 1919, aquel 1919 en que mi corazón se quedó en esta ciudad embrujada junto a tí, y más luego decidió yacer junto a ti, y nuestro precioso ángel en unas criptas que encierran todo el odio, el pecado y la injusticia que azotó un amor tan puro, tan real, tan palpable, un amor que no merecía tan cruel final.

Llévame contigo, o por lo menos, enseñame a vivir sin tí.

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