Carta a un primer amor
El crepusculo se cierne lentamente sobre el lago de mi memoria, mi alma incompleta observa poco complacida el paisaje, me lo reprocha mil veces en susurros, y aveces entre gritos incongruentes, te necesita, tanto como yo lo soy incapaz de admitir.
La necesidad de tu piel quema dentro de mí, mis manos tiemblan ante el recuerdo de ella, mis ojos brillan en busca de una estrella que merezca llevar tu nombre, los gélidos dedos en mis inútiles bolsillos palpitan en busca de tu roce.
Y es que ni corazón ni subconsciente entienden ya de lógica o razones, el descubrimiento de la vida en tus labios me ha desarmado por completo.
E intento, intento furiosamente cada noche en mi lecho intentar menguar tan carcomida angustia, tan ciega devoción hacia tu existencia, pero me es imposible.
Cuanto quisieran mis cobardes piernas que atravesará la ciudad entera bajo la tormenta de nieve, que mis alaridos despertaran al mundo entero si hace falta, que todos escucharan que sin vergüenza o remordimiento alguno, que mi alma y mi vida te pertenecen desde el momento en que tras el fuego, en una mansión abandonada me robaste el aliento.
Y es que ahora lo entiendo eres mi mayor deseo encarnado en una realidad, en unos ojos azules llenos de ingenuidad, en una sonrisa capaz de curar todos mis males, eres aquello que ingenuamente intente hallar en un corazón vacío.
Qué más da mi juventud, mis remordimientos absurdos o mi palpable inmadurez.
Te amo, y eso es todo lo que sé.

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