De monstruos y de pesadillas
Yo siempre he tenido pesadillas, desde que recuerdo, mis
sueños han sido vividos, toda clase de monstruos se han paseado por mi pasillo.
Duendes y demonios mayormente, supongo que se lo debo al folclore ecuatoriano y
a la doctrinaria tradición católica que se ha transmitido de padres a hijos.
Pero una, una en especial me perseguirá hasta el día en que me muera, sobre
todo por que sucedió antes de que durmiera.
Tenía dos o tres años a lo sumo, mi
abuela me había llevado al campo, estábamos durmiendo en una casa con paredes
de caña y tablas de madera. De repente un aliento cálido me incitó a mirar
hacia el techo, y enmudecí. La habitación estaba repleta de ojos, que miraban
desde la penumbra. Tenían diferentes colores, verdes, rojos, amarillos…se
cerraban y abrían, mientras las voces hablaban todas al mismo tiempo.
Mi cuerpo comenzó a convulsionar, el sudor empapó las
sábanas y mi abuela desesperada me tomó de los brazos, lo último que recuerdo
de aquella noche es su cara congestionada. El mal presagio estaba anunciado,
pero ingenua de mí… ¿Qué podría haber descifrado en aquellos días? Las voces me
hablaban de un monstruo que llegaría a mi vida, la profecía se cumplió pulgada
a pulgada.
En aquel momento consagré mi fobia perpetua a la oscuridad,
desde aquel invierno de 1999 las pesadillas no han parado. El problema consiste
en que los monstruos comenzaron a ser cada vez más y más humanos. Su escenario
favorito era mi habitación, donde, siempre, siempre acababan subiéndose a mi
cama, susurrándome palabras, impidiéndome salir y cerrando la puerta con llave.
Fue tan solo cuestión de tiempo que el monstruo dejara al descubierto su cara,
donde reina la depravación más profunda.
Y yo, que decir, yo que se mentirme tan fácilmente y negarme
las verdades, lo ignoraba día a día, aunque el miedo me incendiara todo el ser
cuando la luz se apagaba y el reloj marcaba las diez.

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