Promesas sin garantías
El día era cálido, la mañana estaba
anunciando la llegada del verano, el mar se estaba tornando nuevamente
atractivo. El viento soplaba constante haciendo que las cortinas de la
habitación de Mara bailaran elegantemente. La pequeña niña se hallaba mirando
tras la ventana una majestuosa vista. Era desde luego su estación favorita, el
periodo corto de las vacaciones de verano, lo consideraba casi su espacio
temporal personal, año tras año, cuando la brisa veraniega llegaba la niña la
observaba maravillada tras el cristal. Los ojos de Mara no obstante fueron
adquiriendo cierta profundidad, los matices de su rostro fueron afinándose, su
estatura y la contextura misma de su cuerpo se hallaban en constante
crecimiento. Estaba creciendo, era un hecho, el verano de sus 16 años pronto se
hizo presente. No obstante aquella mañana que se suponía debía ser esplendida
la sorprendió con una tórrida tormenta.
Apresurada descendió de la cama, observó
anonadada como los truenos refulgían al otro lado del cristal, el mar en su
distancia se hallaba embravecido por alguna explicación. Un escalofrío le
recorrió la espina dorsal, quizás habría hecho bien en tomar aquel
acontecimiento como previa advertencia. Aquel verano desde luego no sería como
otro cualquiera.
-Mara ¿Estás lista? ¡Vístete! Pronto llegará
Elena con Arnau… ¿No tienes ganas de verle?-La voz de su madre la sobresalto,
la realidad cayó como un charco de agua fría sobre ella. Elena una gran amiga
de su madre venía de visita. Corrió entonces a buscar el vestido más bonito que
tenía en el armario, el turquesa era un color ameno, y además era el color
favorito de Arnau.
Cuando escuchó el timbre de la puerta sonar
no pudo ocultar su entusiasmo, bajó aceleradamente las escaleras y al llegar al
salón sus ojos se encontraron con unas lagunas celestes casi transparentes.
Arnau había dejado de ser un niño también, no obstante su mirada parecía no
haber cambiado.
-Mara ¿Quieres enseñarle el pueblo? Elena y
yo tenemos mucho de qué hablar.- fue suficiente una simple frase para sentenciar
una amistad duradera. Luego de haber recorrido cada recóndita esquina del
centro del pueblo Mara decidió llevarlo a un descampado inusualmente cuidado,
se hallaba cerca de la playa y estaba plagado de dientes de León.
-¿Sabes algo?-Comenzó Arnau.-He visto pocos
lugares tan alucinantes como este.
-¿A que sí?-Respondió Mara condescendiente
mientras intentaba devorar rápido el
helado que se le escurría entre los dedos. Arnau se sentó de golpe, mostrando
un semblante medianamente confuso.
-¿Crees en la magia y en ese tipo de
chorradas?-Preguntó el muchacho con la vista perdida en el horizonte que rozaba
el mar.
-No puedo creer en algo que hasta el día de
hoy mis ojos no han visto.-Terminó Mara.-No obstante tampoco puedo no creer en
algo que no ha sido corroborado ¿No crees?-Finalizó de manera inocente. La
sonrisa de Arnau se amplió, de repente le devolvió la mirada.
-Tenía el ligero presentimiento de que eras
diferente, quisiera mostrarte algo y has escogido desde luego un magnifico
lugar para ello.-Se levantó entonces del suelo y ante la mirada perpleja de la
chica consiguió elevarse por encima del suelo unos 30 centímetros, movió
ligeramente la mano haciendo que algunos dientes de león también se
desprendieran del suelo, formando una espiral sobre la cabeza de Mara.
-¡Que pasada! ¿Cómo puedes hacer eso?-
Cuestionó mientras la respiración se le entrecortaba. Arnau descendió y soltó
una carcajada breve.
-Definitivamente no eres una persona
ordinaria, cualquier otra ya habría llamado al 911 cuanto más a un espiritista.
Aunque no lo creas es algo que todos serían capaces de hacer si creyeran lo
suficiente en su capacidad innata para hacerlo. Puedo enseñarte, bueno, solo si
quieres.
-¡Claro! ¿Es que hace falta preguntar? ¡Venga
ya!
Arnau se quedó por los tres meses de
vacaciones, a lo largo de esos tres meses entrenaron tales destrezas
constantemente. Mara se olvidó casi por completo de la realidad, podía levitar,
e incluso en varias ocasiones se levantaba asustada por que mientras dormía lo
lograba. Sentía ahora que era capaz de comprender el mundo por su naturaleza,
que todo se había tornado mucho más vívido. En una ocasión incluso quedaron en
ir al río de noche y sobrevolar todo su caudal hasta las montañas. Era su mayor
secreto. Compartían algo así como un lazo estrecho, un lazo que a ojos del
resto era incluso visible.
No obstante aquel 9 de Septiembre era el
último día previo a que Arnau regresara a la ciudad, sin fecha de retorno.
Aquel día Mara se levantó inusualmente temprano, un extraño pinchazo constante
le impedía conciliar el sueño, no tenía certeza alguna de que sucedía, el dolor
se extendía por todo su ser sin encontrar punto de reposo concreto. Mientras
bajaba las escaleras una suave mano la detuvo.
-¿Te sucede algo Mara?-Preguntó Arnau con los
pelos revueltos y ojeras de panda. Mara se deshizo inconscientemente de su
agarre.
-¡Casi me matas!-exclamó por lo bajo.
-Bueno, Bueno lo siento… ¿Vas a tomar un
chocolate caliente como de costumbre? ¡Yo también quiero! Así aprovecho y te
cuento sin que se enteren el plan que tengo para esta noche.-Asintieron y
bajaron lo más despacio y lento posible las escaleras. El plan seguía como de
costumbre los pasos de su modus operandi. Básicamente escaparse por el balcón
de Mara a media noche cuándo todos durmieran. ¿El propósito? Observar los
fuegos artificiales del festival de verano que se festejaba en una isla cercana
desde la playa. Y así lo hicieron, sobrevolaron todo el pueblo, incluso
traspasaron el frondoso bosque de pinos hasta llegar a la playa.
-¡Qué bonito!- Exclamaron casi al unísono. En
silencio dejaron transcurrir las horas, no obstante el ambiente era ligeramente
hostil, se podía palpar la nostalgia en el aire.
-Y Mara… ¿Qué piensas hacer de aquí en
adelante? Te quedan pocos años para terminar la secundaria… ¿No?-Ella asintió.
-Lo cierto es que no me gusta pensar
demasiado en ello.-dijo en un tono un poco lúgubre.-Creo que el futuro no es
algo en lo que se convenga indagar. ¿Tú que harás? La vida en la ciudad supongo
debe ser mucho más emocionante.- respondió con un aire de resignación.
-No creas tú, lo cierto es que concuerdo un
poco en lo que dices…en mi caso no es que no quiera indagar en el futuro, tal
vez simplemente no puedo, no me conviene.-Mara frunció el ceño. –No te
preocupes-contesto el en pos de tranquilizarla.-Es tarde, creo que deberíamos
irnos, mi tren sale a las ocho de la mañana.-Arnau se levantó dejando huellas
tras de sí en la arena muerta. Por impulso la chica le tomó de la manga de la
chaqueta.
-¿Volverás?-preguntó sorpresivamente
ansiosa.-Arnau ¿Volverás?-siguió con ligeras lágrimas en los ojos.
-Mara, las promesas son como la magia, no
puedes creer en ellas por que no te dan garantía alguna de ser reales, solo
puedes corroborarlas cuándo alguien decide intentarlo y cumplirlo. Lastimosamente
yo no estoy en esa situación-dijo él, mientras la miraba fijamente a los ojos.
Sin mediar palabras, Mara como respuesta se acercó a su rostro y rápidamente
dio un golpe seco en sus labios. Ahora sus mejillas ardían.
-Entonces por favor… que esta noche dure para
siempre.-dijo ella totalmente avergonzada.
-¿Estas segura?-preguntó él atónito.
-Desde el primer momento.-contestó esta vez
mucho más convencida. La madrugada oscura fue testigo de aquello que durante
muchos años Mara mantendría en silencio.
-Mara, perdóname, no olvides que te
quiero.-susurró Arnau luego de entrar por el ventanal del balcón con Mara en
brazos, y dejarla finalmente en su cama.
El tren de las ocho partió. Arnau no se
despidió, un resentimiento extraño ahondaba en el pecho de la muchacha. Tampoco
contestaba las llamadas, su ánimo se fue apagando poco a poco, el nuevo año
escolar había comenzado y todos lo notaban. Desde su partida tampoco había
vuelto a levitar, ni tan siquiera dormida.
La magia parecía haberse esfumado como si nada.
La primavera estaba por acabarse, pero ella
seguía sin inmutarse. Aquella noche el viento soplaba fuerte y las ventanas de
su habitación temblaban, se encontraba terminando los deberes finales del curso
con los audífonos a todo volumen.
-Mara.-La suave mano de su madre la despertó
del ensimismamiento.-Tengo algo que contarte.-dijo con la voz entrecortada, su
semblante la hacía parecer devastada.-Arnau ha muerto.-En aquel preciso momento
sintió como si algo se estuviera resquebrajando en su interior.-Le habían
diagnosticado cáncer terminal, cuándo Elena lo trajo aquí los médicos apenas le
daban un año y medio de vida. Lo siento hija, el pidió que no te lo dejáramos
saber y erais tan buenos amigos que…-su madre la abrazo fuertemente y rompió en
llanto.
Nunca había experimentado el sentimiento del
vacío en toda su vida. Las noches que le siguieron fueron más arduas que mil
tormentas juntas. Jamás había pensado que la certeza de la perdida pudiera
doler tanto. Se sentía incapaz no obstante de perdonarlo, de perdonarse así
misma por no haber luchado lo suficiente, por haber dejado que su orgullo le
ganara la partida, siendo incapaz de divisar las verdaderas causas y tan
fatales consecuencias.
El verano estaba acercándose nuevamente,
aquella mañana daría inicio a aquella preciada estación de antaño. No obstante
lo que realmente le hizo levantar cabeza aquella mañana fue la pesadez de su
mente. Estaba amaneciendo, el sol se comenzaba a filtrar lentamente por las
cortinas, la ventana se hallaba ligeramente abierta, una corriente leve de
viento le golpeaba en el rostro. Se restregó fuertemente los ojos al divisar un
sinnúmero de dientes de león entrar por su ventana, su corazón dio un vuelco al
divisar unos ojos azules realmente familiares observándola desde el balcón.
Casi tropezándose fue a su encuentro, sin habla contemplo el rostro del
muchacho, que afablemente la miraba con una sonrisa.
-El verano ha vuelto a llegar Mara, la magia
no ha dejado de existir, yo no me he marchado para siempre, yo sigo a tu lado,
nunca te abandonaré. Así que por favor ya no estés triste.-Mara se acercó al
chico e inconscientemente lo abrazo, al contrario de lo que se esperaba pudo sentir
su calidez, ambos levitaron y los dientes de león crearon una nueva espiral
rodeándolos.
Aquel verano Mara comprendió que aquellos que
realmente nos aman nunca nos abandonan. Que la magia existe solo cuando nos
dignamos a verla, que las cosas realmente preciadas e importantes no están a la
vista de todos, esencialmente para ser conocidas y protegidas por quienes las
merecen.
-Arnau yo también te quiero, y sin duda
alguna te perdono.

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