La guardiana del lago de los lamentos
La neblina cubría la superficie del agua gris y tormentosa de aquel putrefacto lago estancado, en el cual miles de almas solitarias se acercaban a morir desde que ella tenía consciencia. Siempre vigilando sigilosamente tras las irregularidades de aquellas profundas aguas, soñaba en silencio con ofrecerles el consuelo necesario para que finalmente pudieran descansar en paz.
De sus ojos grises siempre resbalaban lágrimas negras, la inocencia es por norma general fácil de resquebrajarse cuando no podemos entender la crueldad con la que el mundo suele azotar.
Aquel día Aira salió a dar su habitual paseo por los alrededores, anonadada con el misterioso paisaje, con los mil y un tipos de mariposas, trepando a los árboles sin miedo alguno a caída o rasguño, acariciando a cuanto animal se cruzara frente a sus narices. De regreso al lago y entristecida por la idea de sumergirse nuevamente en la soledad inquietante de aquellas grises aguas, se dirigió hacía la orilla un poco resignada. No obstante, al acercarse una suave melodía llegó a sus oídos, intrigada busco con ahínco su procedencia. Un rostro extrañamente feliz relucía bajo un cabello negro y unos hermosos ojos castaños.
Supuso que como todos los humanos este tampoco sería capaz de verla, así que siguió con su habitual recorrido. Pasó frente al pequeño niño y se dispuso a regresar a casa. Sin embargo, algo la detuvo, el pequeño estaba tirando suavemente de su brazo.
Supuso que como todos los humanos este tampoco sería capaz de verla, así que siguió con su habitual recorrido. Pasó frente al pequeño niño y se dispuso a regresar a casa. Sin embargo, algo la detuvo, el pequeño estaba tirando suavemente de su brazo.
-¿Cómo te llamas? ¿Sabes nadar? ¿Puedes enseñarme? Yo aún no sé como hacerlo y mis amigos me rechazan...-terminó su ronda de preguntas con una mirada un poco triste y sombría.
-¿Puedes verme?- cuestiono con sorpresa la pequeña. El niño sólo asintió.-Me llamó Aira ¿Y tú?
-Rodrigo, mi nombre es Rodrigo, como mi padre.-contestó entusiasta el pequeño.-¿Quieres ser mi amiga y mi maestra de natación?
Las mejillas de Aira tiznaron su pálida piel.-Sí, si quiero ser tu amiga.-Por primera vez en toda su vida un ser humano que se acercaba al lago notaba su existencia. De algún modo, sin saber porque, sentía que no había sido más feliz en toda su vida.
Las cuatros estaciones pasaron, Aira y Rodrigo charlaban durante largas horas cerca de la orilla del lago, en verano se arriesgaban a sumergirse en las profundas aguas saltando vertiginosamente desde los árboles, en primavera recorrían el bosque en busca de claveles rojos, en otoño asaban boniatos entre hojas secas, en invierno jugaban a lanzarse bolas de nieve. Entre risas y sueños, los años pasaron, y la vida, bueno, la vida también pasó.
El verano en que Rodrigo cumplió 12 años algo cambió para siempre entre ambos. La puesta de sol se reflejaba hermosa entre las sombras de aquellos pinos altos, los pájaros volvían apresurados a sus nidos, algunas luciérnagas ya se aventuraban a pasear por el paisaje. Rodrigo y Aira se encontraban tumbados a la sombra de un árbol, estaban exhaustos y empachados, jugar todo el bendito día y comer sándwiches de atún les tenía inmovilizados.
-¿Cómo crees que sea mi vida ahora que ingreso a la secundaria?- acertó a pensar en voz alta Rodrigo.
-Debe ser genial, conocerás nuevos amigos y aprenderás muchas cosas, cosas muy aburridas supongo, pero también aprenderás cosas geniales.-respondió
-No sé, lo cierto es que estoy un poco asustado.-cuando el niño hubo terminado su frase los grillos comenzaron a cantar, y eso, era una alarma contundente, debía marcharse cuanto antes- Este finde no vendré a verte, debo ir con mamá a comprar mi nueva mochila, para entrar a clases. ¡Esperame el lunes luego de almuerzo! ¡Vendré y te contaré todo!-exclamó el muchacho mientras corría hacía la salida del bosque.
El lunes llegó, la hora después de almuerzo se hizo presente, pero Rodrigo no. No acudió a su cita aquel día, ni los próximos de los 5 años que le siguieron. Aira sucumbió ante una nostalgia que le era producida por una certeza irrevocable: "La soledad"
Cierta mañana gris, acostumbrada a la parsimonia de los años, la muchacha de ojos grises que ahora tenía la apariencia de una joven de 17, salió nuevamente de las profundidades de aquel lago oscuro. Contemplo desde un árbol como la vida más allá de aquel lugar del que tantas veces había intentado salir sin éxito, se desarrollaba. Sus pensamientos constantementes volvían a Rodrigo, su necesidad de verlo se había tornado a esas alturas, cruel condena. De Repente una risa familiar llegó a sus oídos, rápidamente bajo del árbol y corrió con todas sus fuerzas.
El pequeño Rodrigo era ahora un adolescente , a su lado sonreía una chica de tez bronceada y ojos oscuros como el azabache, ambos se dirigían a conversar a las orillas del lago. Sumamente dolida pero esperanzada, Aira se paró frente a ellos, pero contrario a lo que creía en un principio ambos fueron incapaz de verla o percibirla.
-¿Sabes Marta? Este lugar de algún modo es reconfortante, quería definitivamente que lo visitaramos antes de marcharnos de la ciudad.
-Rodrigo, este es "El lago de los lamentos" cientos de desgracias han ocurrido aquí, suicidios más que nada.-Refutó Marta.
- Me suponía que dirías algo parecido, pero lo cierto es que cuándo tenía 8 años, una semana después de la muerte de mi padre, en un intento de hallar respuestas acabe perdiendome en este bosque, hallé tal paz que volví durante muchos muchos años, a encontrar consuelo, además tengo el recuerdo de unos amables ojos grises que no puedo borrar de mi mente. La secundaria lo cambió todo, apareciste tú, nuevos amigos, nuevas experiencias, jamás me sentí lo suficientemente solo como para volver a hallar comprensión en este bosque, en la orilla de este lago. Sin embargo ahora que me marcho vuelvo porque siento que una parte de mí, se hallaba aún ocupando un puesto en este lugar. -Rodrigo suspiro- La infancia es un sueño sutil, se esfuma con una facilidad asombrosa.-Marta extendió su brazo hacía Rodrigo y le dió un suave beso en los labios. Cuando el joven hubo llorado lo suficiente ambos dejaron el lugar.
Era un lunes después de almuerzo, precisamente el día en que Rodrigo estaba cumpliendo 18 años, se marchó para siempre.
Aira se sentó ausente a contemplar con cierta rabia la realidad, había perdido un buen amigo para siempre, sollozó la tarde entera, sollozó sin entender su naturaleza, la razón vacía de su existencia, grito a un cielo indiferente cuanto le dolía la soledad, y entonces se sintió vacía. Una sonrisa se posó en sus labios, a pesar de todo, en ella, un alma halló consuelo, un alma resultó salva, y de algún modo tras lo suscitado acababa de comprender su verdadero rol en el mundo.
La guardiana del lago de los lamentos se lanzó esta vez decidida a las aguas turbias de aquel oscuro lago, esperando nuevamente que alguien le concediera la oportunidad de salvar su vida.

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