La oropéndola y Denisse; el príncipe de la muerte
Las horas
transcurren lenta y tediosamente mientras acaricio los volantes de mi vestido
amarillo. Las manecillas del reloj parecen dictar sentencias y el goteo constante
del suero pegado en la pared parece sumir la noche en pura desesperación. Tengo
veinticuatro años y en mi corta vida, parece no existir clemencia.
-Adriana-murmuran
desde la puerta-he venido a verte. -Es su voz ronca y profunda. Acude a la cita
de cada noche, puntual, siempre a las 22h15.- ¿Cómo te has estado sintiendo? -escucho
en su pregunta un suave deje de culpabilidad.
-Bien, como
siempre, no sé estar de otra manera-contesto y miento, notando como la fuerza
se escapa de mis cuerdas bucales. Noto que hoy viste de azul marino y que sus
ojos color cobre lucen acongojados, como si hubiera pasado largas horas llorando.
Es el hombre más atractivo que he conocido en toda mi miserable vida.
-Hoy he
visitado a tu madre ¿Lo sabías? Dice que vendrá pronto, tan pronto como cierre
el contrato de compraventa. -observo como pasa la mano por detrás de su cuello,
está nervioso y miente.
-No te
preocupes, yo lo entiendo, tampoco le voy a reprochar nada, aunque no llegue.
Aunque no me quiera y aunque no le importe. -mi sinceridad es gélida y ambos
quedamos en silencio asombrados ante la ausencia del dolor.
-De todos
modos… Sabes que yo siempre me voy a mantener aquí ¿Verdad? -Se sienta en la
camilla, parece no molestarle en absoluto el olor a muerte y enfermedad. La luz
de la luna ilumina su cabello castaño y sus facciones amables.
-No-contesto
firme-sé que no continuaras viniendo durante mucho más tiempo. Tu amabilidad me
duele-dejo salir con un deje de angustia y reproche.
El muchacho
deja las flores que ha traído en el jarrón que está en la mesita de noche y se
acerca a mi rostro lentamente. Comienza a trazar esperanzas sobre mi piel, deteniéndose
en el mentón. Sus manos se sienten tan cálidas, como si contuvieran todo el
amor que me han negado desde que salí de las entrañas. Su aliento sabe a pura
amargura y despedida, pero sus labios son tan suaves y confortables como el
terciopelo.
Cuando reacciono
y descubro su cruel traición sonrío satisfecha, ha retirado el tubo respiratorio
de mis fosas nasales. Toda la manta está manchada de rojo carmín y sus labios
se siguen moviendo sobre los míos como si anunciaran el final de un tango. La
calidez de su rostro se esfuma cuando sus pómulos comienzan a empaparse, sus
labios ahora saben a sal.
Y antes de
que los latidos paren y el quejoso sonido del monitor cardiaco alcance su clímax
me parece escucharlo en la lejanía: “Lo
siento”
Aquella mañana
la habitación 144 del hospital Saint Judith quedó vacía. Nadie acudió a recibir
la noticia. Dos enfermeras se encargaron de revisarla luego de que levantaran
el cadáver. Ninguna de ellas admitió que se encontraban acongojadas por la
presencia de unas rosas amarillas frescas que habían aparecido tras la noche. Tampoco
abrieron la boca sobre lo que observaron aquella tarde tras el cristal empañado
de la ventana. La figura de un hombre joven y atractivo. Vestía traje negro y
corbata. Tenía el cabello castaño y los ojos cobre. Sobre su hombro reposaba una
pequeña oropéndola de color amarillo. La sangre se les congelo en el cuerpo, su
presencia recorría aquel hospital de 200 años de antigüedad. Algunos camaradas
y pacientes lo habían apodado con el nombre de “príncipe de la muerte”.
-Es él, es
Denisse, el príncipe de la muerte se ha enamorado.

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