Autoretrato
Desde el retrato me mira una niña de formas redondeadas, de
ojos profundamente lastimados pero vivarachos. Una niña con una valentía y un
mal carácter que son apabullantes, que no puedo encontrar en mí. Me examina con
cuidado, como extrañada, como siendo incapaz de reconocerme. Y la entiendo, por
que también es una muchacha ingenua, que aún intenta con todas sus fuerzas, si
es posible hasta dejarse la piel, no saltar hacia el vacío.
Ha vuelto solo para recordarme que, aunque la vida haya pasado,
que, aunque el tiempo haya devorado la nobleza y el amor que esa dulce niña
proyecta a través de cada poro de su piel, que aún a pesar de eso, la llevo
grabada a fuego, tatuada en la piel. Y si me está lanzando miradas de reproche
es solo por que considera necesario reprenderme. Recordarme que hay lazos que nos
mantienen atadas. Que lo que ella me enseñó nunca podrá volverse cenizas, viene
pedirme también que le haga justicia e incluso que le rinda homenaje. No es tan
egocéntrica como yo, pero admite ser exigente.
Gracias pequeña, por venir, por continuar aquí, a pesar de
toda mi ingratitud y de todo el dolor.

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